Soñé (prosa poética)
De mi voz: hace unos días soñé uno de esos sueños que da gusto recordar; uno de esos a los que dan ganas de robarles lo que fuere que reste de ellos en la vigilia: una palabra, una imagen, una sensación, para intentar que nos acompañe lo más posible durante el día. Con esa sensación y ese texto robados a mi propio yo onírico, escribí este relato.
Soñé
Prólogo:
Soñé. Así comienza el relato que no es poco decir.
Te soñé. Aún en la vigilia puedo saber que así fue.
“Yo te sueño”. Eso dijiste mientras te soñaba. Luego te cubriste la cara con una almohada.
“Yo también te sueño”. Eso te dije para que pierdas la vergüenza y accedas -a cambio- al libre albedrío de algún impulso que te traiga otra vez a la luna llena que dejamos pendiendo. Esta vez, con la esperanza de la contundencia de una confesión. Si me soñás, seguramente deberá caer algo de la comedia de sogas tirantes y desentendidas que montaste aquella vez.
En mis sueños puedo, si quiero, decirte cuánto te sueño y puedo también saberte soñándome pudoroso. Y el coletazo sensible que deja el sueño me ofrece el juego de la señal potencial y la pregunta ilusionada: me habrás soñado?
Se que sólo me lo dirás desvestido. Si no, jamás lo sabré. Y si haberme soñado equivale a haberme deseado, entonces quizás, me lo dirás desnudo.
En mis sueños puedo, si quiero, conversar con tu versión más honesta, imaginar develados tus fueros íntimos, atender las mieles reveladas del niño añejo que cabe en tus artes, por más escuetas que sean; puedo resolver misterios e inventar dignidades con un par de gestos tuyos. Puedo hacer cierto tu voluntarioso intento de verosimilitud, y dotar tu carne de los motivos más hondos de todos los personajes que jugaste a actuar: y que tu entrecejo de veras bregue por la justicia, tu pelo confundido por el viento llegue a tiempo a decir cuánto lo siente y tus manos temblorosas alcancen el suave roce de mis dedos (la piel de tu doncella) para clavar tu rodilla en la tierra y pedirme que te ame hasta los huesos.
Porque sé que hay algo de vos en la ropa del títere de principe que te compraron, justo en el punto en que las cuerdas de la 335 con que le moves los puños se te vuelven música y lo dejás desnudo e inerte, pero vivo.
Entonces puedo, si quiero, en mis sueños, secarte la noche de jugos rancios, buscar todos mis relatos en los bordes húmedos de tus llagas, hacer que tus pies se atrevan y verte dar el salto con las pupilas temblando: si quiero puedo oírte revelar tu música por fin, alentado por un brío tibio de mi voz en tu cuello; puedo ser la espectadora activa del momento exacto en que la lágrima precisa te deshilvana las copiosas y pequeñas mentiras y te hunde la carne en la urgencia de un puñado ineludible de acordes tuyos. Y cambias la piel, de cera muteada que cae a dérmica canción de tu autoría.
En mi sueño sabés de mí todo lo que jamás te atreviste a investigar. En el caldo atmosférico tibio de mi imaginación vívida, se revela a las claras si fue miedo o haraganería. Porque en mi sueño no me empecino; muevo una diacronía ágil de imágenes que ahora sólo sé traducir en palabras lentas. Puedo verte una cara antigua, se te suelta la mueca, se te alivia la panza de arneses desatados. En el sueño resulta que tu nueva piel música solo sabe hacer el amor conmigo. Tu intensidad genuina no puede más refugio que mi alianza con ella. Nuestras vanidades cobran sentido en la volcánica contundencia creativa del dolor, lo bello se nos vuelve más arte que espejo, a los dos, sin excepción. En mi sueño se nos mezclan las letras para dar muerte al discurso repetido de nuestras agendas pretendidas y dar a luz el mensaje de nuestra historia.
Y nos soñamos. Con la cara pegada a una almohada, por vergüenza, o por soledad.
Un relato colmado de imágenes que hacen estremecer.
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