sábado, 28 de diciembre de 2013

¿Y qué si? (prosa poética)

De mi voz: Tercer texto de la trilogía que incluye los relatos "Quiero, no quiero" y "Encantada" publicados en este blog.

¿Y qué si?

¿Y qué si quiero escribirte, aún sabiendo que no vas a contestar?
¿Y qué si pospongo los efectos devastadores de tu rechazo, con tal de abrirle paso a la fuente deliciosa de las palabras que quiero decirte? Las que tengo amordazadas, las que se aburren en el confinamiento a las órdenes de mi orgullo.
¿Y qué si me encomiendo a la torpe libertad de hacerte saber lo que siento? Pero sin demasiado estruendo, si en verdad lo que siento no es tan terrible, ni tan enorme. Si a decir verdad, tampoco es tan importante que sientas lo mismo. Porque tampoco es tan importante, ni tan intenso, ni tan profundo lo que siento. Es que tengo tantas ganas de probar la ruptura del filtro, como una loca descalza corriendo en la calle, sin más rumbo que el que indica la tibieza de los pies raspando el asfalto. Como una loca con un globo, que juega a perseguirlo aunque sabe que está amarrado a su mano.
Qué ganas de abandonar este relato sobre la libertad, para ir derechito a ponerla en acto.
¿Y qué si te digo que quiero verte porque me gustás? ¿Y qué si te invito a mi casa un rato?
¿Y qué si te digo que sospecho en tu sonrisa un gatillo inexorable al despertar de la mía?
¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que te asustes? ¿Que se desarme ablandado como un pedazo de manteca el poco impulso curioso que tenías hacia mí? ¿Que se inflame un poco más tu narcisismo, si es que eso fuera posible? ¿Que mis palabras acontezcan en la misma línea comprensiva en que tu mente almacena la poca importancia de miles de palabras parecidas, dichas por tantas otras mujeres?
¿Que me borres, bloquees, desestimes o denuncies? ¿Que corras a otro bar escondiéndote detrás de un par de gafas la próxima vez que me veas merendar por el barrio? Si de todos modos no te tengo.
Jugarte a la indiferencia no me sirve. En el territorio de mi fantasía, cualquier estrategia es inútil.
¿Y qué si doy un paso más y te cuento que imagino nuestro fracaso? ¿Y qué si te digo que intuyo muy probable aburrirme con vos, pasado un rato?
Qué ganas de escribirte ya mismo y jugar a que espero...y espero...y abrir cada dos minutos los ojos para saber si estás ahí leyéndome, para jugar a darle espacio a la chance de que me escribas para decirme que tenés unas ganas incontrolables de besarme. ¡Ay, qué bello regodeo!

"¡Hola! Tengo ganas de verte. Me gustás mucho. Me encantaría tenerte cerca y ver qué nos pasa. Es raro este mensaje pero muy lindo estar escribiéndolo. Ojalá te guste la idea. Ojalá te guste. Ojalá quieras. ¡Besote!"

Así, con desparpajo inadmisible, con la versión más impensable de mi derecho de expresión, con desatino pero sin vergüenza, como un descanso a mi deber de diva inalcanzable, como una falta de respeto a todos mis queridos remadores. Así no más, como un escándalo sin maquillaje en la foto de perfil, como una burla a los velos de un vestido de gala, con cuestionable ingenuidad y decidida elementalidad.

¿Y qué si sucede lo inverosímil? ¿Y qué si mi torpeza encaprichada tiene punzones eficientes?  ¿Y qué si el paso tosco era de espuma en la otra punta? Y qué si al final del hilo del globo de la loca descalza en la calle estás vos, enamorándote de mí?

viernes, 27 de diciembre de 2013

Encantada (prosa poética).

De mi voz: segundo texto de la trilogía que incluye el relato "Quiero, no quiero" (publicado en este blog el 26 de diciembre de 2013).

Encantada

En el estruendo de mis pánicos, en el reducto ridículo en el que impacta mi sillita, en la soledad, en la mirada perpleja de mis afectos, en mis angustias y mis confusiones, haría falta una boca como la tuya. Más bien tu boca.

Frente a la alerta del posible ocaso de mi voluntad, en mis fracasos tan múltiples y cotidianos, en mis recurrentes caídas, en el silente espacio que ocupo, haría falta una sonrisa como la tuya. Más bien tu sonrisa.

Y que me distraigan tus encantos de príncipe azul, y que me encomiende al armado de un plan espanta-obstáculos para acceder al roce, y que me cueste azucarado y se me ablande la mueca con tal de verme espléndida ante tus ojos posibles, y que me encante estar encantada.

En el sinsabor del tiempo perdido, en todas mis evitaciones compulsivas, en el bullicio estrepitoso de mis pensamientos deliroides, en el dolor de mis tormentos más incomprensibles, entre el jabón y las manos, las manos y el jabón, el agua y el papel, el papel y las manos, en el cansancio más devastador, en la caída y en cada enclenque puesta de pie, en mi llanto mullido, en mi habitación-laberinto, haría falta el abrazo de un pecho como el tuyo. O más bien tu pecho y tu abrazo.

Frente a la rígida estructura de mis tribulaciones, en mi andar cuasi-confuso con párpados tensos, en la desesperada impotencia de mi sentido común como testigo, en las incontables postergaciones pretendidamente obligatorias, haría falta una noche entera de besos como los tuyos. O más bien tus besos, una noche entera de estas.

Y que se imponga jerárquica tu proximidad, y que se insolen amuchados y en espera insospechada todos y cada uno de los pequeños textos intimidantes que me hostigan incansables, y que no se lave la ropa nueva por el apuro de estrenártela, y que no me aterre el suelo que debo andar ágil para encontrarte en un bar, y que todas las prudencias y los escrúpulos cubran mi espalda pero no mi panza, no mi boca, no mis mejillas, no mi lengua, no mis dedos disponibles al tibio y a lo húmedo.
Y que me encante, me libere, me ilumine, me baste, me sobre, me inunde, me alegre, me encante, me encante estar encantada.








jueves, 26 de diciembre de 2013

Quiero, no quiero (prosa poética)

De mi voz: una trilogía desordenada; aquí debajo, uno de tres relatos con el mismo tópico de inspiración.

Quiero, no quiero.

No quiero
dame boca, sólo labios de probar...

No quiero lidiar con toda la industria de tus dificultades,
dame hombros, sólo curvas que besar...

Es importante que sepas que para desearte, no preciso más que la arquitectura imprecisa de mis fantasías.

No es justo que me traigas a colación tu historia. Mucho menos tus vicios, tu aliento a la mañana, tu poca paciencia probable, tu agujero en el discurso. No quisiera tener que reducir mi marcha para hacerme entender por tus incógnitas, ni saberte averiado en los sitios que espero espléndidos.

Quedate así, a medio camino, rozador sutil, jamás de cara a mi cara lavada. Quedate así tan quieto que indigne. Dejá que la tierra siga desierta y seguí así, tirando sin fuerza muy de cuando en cuando, algún hueso que irrigue tu maqueta: el muñeco blando y dinámico que inventé con tu fachada de príncipe azul.

Qué lindo es tenerte tan de mentira; sin riesgo, sin costo, sin pena ni gloria. Qué fantástico es hacer de cuenta que algún día, quizás, e imaginar cómo sería si fueras el que juego a querer que seas para mí.

No te quedes pensando, no te hagás preguntas de más. Seguí observándome perplejo y olvidadizo. No sepas mi nombre, tantas veces quieras. No apagues mi derroche de ensueños creativos, con dosis elevadas de un bullicio al que me abstengo.

Te quiero en tanto sepas que no sé lo que quiero...

Te propongo que sigas durmiendo con otra. Así yo la espío gritar cuánto te ama y leo entre sus líneas muteadas su incertidumbre y sus tragos amargos.

Sólo dame un encuentro azaroso muy, pero muy cada tanto, para chupar de tus ojos deliciosos la tinta suficiente.







sábado, 14 de diciembre de 2013

Tocada (poesía)



De mi voz: algo que se parece más a poesía que a prosa, sin más técnica que la intuición estética de mis ganas de escribirme.

Tocada

Tocada
en el sentido de los dedos
y que la espalda relaje su curvatura
en el ámbito de una cama amorosamente lista.

Tocada
en dirección a las salientes de mis huesos (arropados de piel suave)
y que no me pese la desnudez, ni durante ni después
en el cobijo del abrazo a la incertidumbre.

Tocada
en consenso con la historia inspeccionada de las manos
y que me sepa más amante que amada
en la mordiente líquida de una sonrisa, por fin.

Tocada
en potestad de mi después a la mañana
y que me sepa a plenitud cualquier cosecha
en la brillante pequeñez de mis junturas.

Tocada
en el sentido de inducidos esplendores
y que sus labios sean al óleo y sin candado...

Tocada
en el sentido armónico y reparador del toque
y que la geometría se desenarbole...

Tocada
en los caudales de las recuperaciones
y que el sabor de mi sudor vuelva a mis dientes
en hora previa al sinsabor de ajenos dares.

Tocada
en el capricho de mis puntos numerados
y que las brisas sean el peso de la noche
en el dibujo de mujer que procuré.

Tocada
en el sentido de mi adentro
y que no quede ausencia muda cuando sale
enhorabuena algo más tarde, con café.

Tocada
en la extensión involuntaria del deseo
y que no dañe la marea el dique viejo
en vides mías auto-endúlceme en mis mares.

Tocada
en la inversión de las urgencias aprendidas
y que no duela, que no aturda, que no alarme,
en suave anuencia retomarme. Amanecer

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Una vez por año (prosa poética)

De mi voz: he aquí el resultado de la maravillosa experiencia de escribir con el frescor de la experiencia a flor de piel. Me refiero a los relatos que le suceden a la vivencia emocional, como en una diacronía casi ininterrumpida. Espero que entonces tenga la intensidad vívida que le pretendo.

Una vez por año

No sé cómo escribirte. No sé cómo abordarte. No sé cómo escribirte porque no sé cómo escribirme escribiéndote. Ese es el punto, para ser honesta. Se me gasta el ímpetu de sólo echarle un vistazo a la maraña que somos. Y somos (en nuestra interacción) una gran madeja aunque, a veces, parezcamos tan poca cosa. Esa cosa poquísima que somos cada vez que andan codo a codo en silencio nuestras dificultades, acompañándose. Ese cúmulo descolorido de un amor tan profundo que se agota en el intento de no ser. Se deshilvana, pero no se rinde.
No sé cómo decirte con certeza lo que sé porque mi boca está húmeda de incertidumbre.
Si mis razones (que las tengo) y mis entusiasmos (que no son metafóricos) se tiran de cabeza a una olla vacía de caldo, y vos me mirás. No sé qué mirás, siempre celeste, siempre difuso.

Y es tan claro que no alcanza, que no sirve, que no somos, que no hay modo y que es en vano.
Y es tan ridículo e inconveniente aceptarme transpirando entre tus manos y tu panza. Y es tan incómodo saberme tan a gusto acariciada por tus bordes. Que me guste tanto es tan incómodo. Y tan inconveniente.
Porque es tan claro, y tan ridículo, y tan incómodo y tan inconveniente.
Que hasta, a veces, me creo que si colás entre tu paso débil una ráfaga de fuerza vital quizás la tome, y me baste. Para amarte, aunque sea ridículo.

Y yo, siempre viendo el espejismo de manantiales en desiertos. O lamentando arideces donde en verdad hay campos fértiles. Lo confundo todo.
Si al menos pudiera desestimar el brío, quitar de consideración la ola de piel que asoma, entonces sería legítimamente ridículo, incómodo e inconveniente. Pero no lo es.

Una vez por año, te invito a hombre. Una vez por año me llamo a mujer, para vos.
Una vez por año me suelto la mordaza, aflojo un poco los nudillos y te sonrío.
Una vez por año explota el caudal anatómico de tus virtudes suaves y feroces, para mí.
Y somos tan lindos ahí: en ese punto de obviedad que ambos, digo los dos, desechamos porque es ridículo tolerarnos tan obviamente hermosos.

¿Cómo no insistirle tercamente a la contundencia creativa de tus manos sobre 4, 5 ó 6, que extienda el rango hacia mi complejo encordado y por fin haga sonar alguna melodía que nos quepa fácil y alivie el bullicio?...Una o dos octavas más arriba de tus cancinas consideraciones.
Sé que nunca me tenés, como querés, precisa y ecualizada.
Y yo nunca te tengo como quiero, afinado y amplificado.

Pero se me ocurre que este relato debiera también ofrecerse como una aclaración: la desmentida violenta a esa poca cosa que deben creer los demás que somos.
Este es el texto homenaje a la gota dulce, gigante y ridícula que se exhibe una vez por año. Es el galardón lírico a nuestra imponente y mágica revolución anual.
Hasta que nos proclamamos en silencio, en fracaso, en poca cosa, otra vez.

Porque es tan claro, y tan ridículo, y tan incómodo y tan inconveniente.

No sirve. No hay modo. Te extraño. Vení.

jueves, 4 de julio de 2013

Fantasía - E (prosa poética)

De mí: cuando un posible romance con un muchacho se frustra, y no hay texto en lo real para explicar la frustración, la escritura ofrece dos caminos: la impunidad del reclamo lírico, o el regocijo de la fantasía poética. He aquí ese regocijo.

Fantasía – E


Regresás. Lo estás haciendo con mucha más agilidad de la que habría supuesto en mis mejores pronósticos de tu gestualidad motriz. Estás volviendo. O quizás, tal y como probablemente creas, viniendo por primera vez.
En aquella oportunidad te vi, aunque difuso, rozarme con hilos ciertos. Te vi verte en pánico, tan escindido, con una cara gélida y rigurosa y otra prendida fuego y urgente como una brasa en manos vírgenes.
Pero vos dirás que yo me confundo y que jamás estuviste aquí. Francamente no me importa, mientras me ocupo de saborear la aceleración del misil que son tus piernas viniendo hacia mí. Ahora. Como si estuvieras transitando un túnel de metal, andando tus pasos decididos. Acá estoy, quieta en lo aparente, aunque meneando milimétricamente mi piel y alguna articulación para anticiparme disponible.

No diremos nada. Lo sé. Hay osadías que se activan apenas se retiran de la caja fuerte de nuestros impostados imposibles y se acaban inmediatamente luego de volverlas a apretar bajo un candado. Así será ésta. Lo sé.
Tu camisa me recuerda a la de la foto de las calles sin autos. Estás algo menos delgado. Qué más da, si me beberé el excedente. Soy la inocencia que no me dejaste desplegar aquella vez. Seré, por fin, la sorpresa de boca entreabierta y pequeños esquives que mi propia feminidad tuvo que amordazar a tus órdenes.
Suena el aire que tus botas revuelven cuando se alzan del suelo, mientras canta Montreal en mis oídos, del lado de adentro, porque yo lo invoco, el chico de The Weeknd.
Pondré cara de nada para esperar tu boca. Aunque sospecho por la resonancia veloz de tu andar, que no te irás así intente golpearte, así te lastime con la acidez del reclamo que sabés me carcome la punta de la lengua hace meses.
Tengo los labios secos y el paladar inundado. Ya puedo olerte, como sea, este perfume es una antigüedad de mi memoria. Por supuesto aún no venció la invitación que mi cuello le extendió al grosor heredado de tus labios y no hay tiempo para preguntarte cuántas veces pensaste en mí antes de que fuera inevitable que decidieras entrar en mí.
Hola, hola. ¿Ves? Ves como somos? ¿Ves cuán crocantes, y deliciosos, y agridulces, y pegajosos, y ahumados, y especiados somos? No me des las gracias, dame la razón.

Dame. Dejame que escurra la camisa. Quiero repertirlo todo, del rechazo a la urgencia, de la mentira a tu lengua en mis dientes. Quiero verte intentar no verme, para quemarte las pupilas con este amor inevitable, una vez más.



sábado, 8 de junio de 2013

Si nada cambia, nada cambiará. (Reflexión. Junio. Buenos Aires. En casa. Prosa poética, calculo)


Con un hilo imaginario, potente pero delgado como un piolín, sostengo la extensión de mi historia y mi fe en el futuro. Con la justicia de saberme posible, de quererme feliz, alguna vez...

Casi todo lo demás, se dibuja oscuro y lento al rededor, lava rara con agujeros, en provocador pero indiferente movimiento constante.

Cruzando rodillas y antebrazos me aferro al piolín. Pero me entristece saber que quizás jamás me ocurra el beneficio de una tierra firme en la que apoyar los pies a descansar.

Últimamente estoy notando que allí, por donde ando andando la fina soga se ha deshilachado un tanto más. Y en el núcleo ya hueco de su tela roída hay un mensaje que leo: el futuro ya llegó. Si nada cambia, nada cambiará.

Si me detengo en la pregunta, es posible que mi propio peso corte el hilo, pues estoy trepando sobre su parte más lastimada.

Es mi propia matriz la que trae el mensaje. Yo prefiero leerlo como una advertencia y no como una sentencia sin retorno. Si así no fuera, soltaría ahora mismo mis dedos heridos y mis piernas estrujadas, para dejarme caer.

Si el futuro está aquí, ¿cómo es que lo tomo?, ¿con qué ademán de respeto me presento y cómo le pido que me escuche cuando digo que me sé posible, que me quiero feliz, alguna vez...?

jueves, 24 de enero de 2013

Las millones de esquirlas de la cajita de cristal (2010)

De mi voz: este texto fue publicado en uno de mis perfiles de Facebook como una nota, el 17 de junio de 2010. Es muy impresionante cómo, a veces, desestimamos nuestras propias lucideces.

Las millones de esquirlas de la cajita de cristal

Acepto la derrota, no es la primera piedra en el zapato. Pero si pudiera elegir, me encantaría irme a llorar un rato a la playa y que la sal se vaya con la sal a vivir otra historia.Entiendo que las cosas tienen su naturaleza, que poco obtengo en el intento de forzar los trayectos naturales, que debo aceptar la congoja de no entender nada y que tengo que soltar inmediatamente la prepotencia de suponer que tengo el control.Pero duele aceptar que el dolor duele. Cuesta entregarse al sinsabor de no saber por qué.Todo se vuelve extraño y resulta urgente apelar a la búsqueda de lo más propio, lo más íntimo para lamerse la herida o hacerse alguna que otra pregunta.Y la soledad…qué cosa tan extraña de la que me he propuesto huir sistemáticamente. La impaciencia insoportable de oírse respirar, una y otra vez, qué gran problema.El aire se inunda con las voces que ya no se oyen, que ayer eran familia y certeza y que hoy son la deforme insistencia del caos a ordenar.Las luces se atenúan y se van retirando las huellas.La verdad. Las verdades imprescindibles. No hay. No las hay. Ninguna ha venido a dictar veredictos. Y no han venido porque quisieron abandonarme, porque saben que no las merezco por no haber oído cuando pude, por no haber querido saber cuando debí obligarme a hacerlo, por haber empujado y resistido y declarado e insistido. Por eso no han venido.Y las certezas, ellas mismas me han comentado que no son más que ficciones. Casi siempre se han reído de mí y cuando no, me han amordazado.La mujer que soy continúa esperando que me digne a reconocerla. Que la encuentre en una pizca de fracción de guiño, al menos eso me pide¿ Dónde está la traición, entonces?El enorme error de haber creído que el otro era otro, no hace más que confirmar el imperdonable error de haber supuesto que la que creía ser, era yo.Y las ternuras de hiel camuflada, y los ojos vacíos, y el lobo vestido de ovejita fiel, y las dulces y magníficas promesas descerebradas y el bien que no me quisieron y el mal que vino tibio a morderme los pies, y un poco de ambos en un cocktail repugnante y el enemigo en la cama, también durmiedo de mi lado.Y las preguntas. La pregunta es muy esquiva pero las preguntas…esas andan apiladas como un pogo de gordas en cámara lenta. No alcanzan a articularse pero me bailan encima sobre un suelo de pasto hecho con respuestas pisoteadas.Y el pánico. Ese verdadero hijo de puta. De él no tengo más que decir.

Ro

jueves, 10 de enero de 2013

Obvio (melosos textos cortos)


De mi voz: el que, a mi criterio, es de los mejorcitos de los melositos. Espero que les guste =)
Obvio
Como si nadie tuviera estas sensaciones en este momento, como si no hubiera mujer sobre la tierra que creyera en la novela que la potencia de su deseo sugiere veraz. Voy a escribir como si fuera cierto, como si lo tácito fuera mutuo y la promesa tuviera sólo un par de nombre escritos.
Voy a escribir como si fuera coherente, como si fuera obvio, como si no cupiera otra posibilidad más que nuestro inminente encuentro en algún punto del planeta.
Voy a escribir como si el destino que nos convirtió en músicos y nos insistió en el ejercicio de la tarea, hubiera planeado tanta práctica sólo para que el audio de nuestra creatividad se viera forzado un día, a condensarse y concentrarse en inventar un diádico nuevo sonido. Juntos, porque de otro modo, jamás vería la luz esa música exquisita. Como si hubiéramos nacido impregnados de una tinta genética que todos los días empuja leve y constantemente en búsqueda de esa otra mitad y de la identidad que sólo habría de conseguir en el ensamble. Voy a escribir como si fuera obvio, como si fuera cierto, como si la promesa tuviera sólo un par de nombre escritos. Como si no existiera más gente como vos o como yo, como si el único espejo posible fuera el cansancio jovial de tus ojos para mí y el pánico enérgico y vital de los míos para vos.
Y como si fuera poco, voy a escribir como si pudiera medir en mis pasos, las huellas que tus pies están dejando en el asfalto en este momento, o sobre la cama más tarde…Voy a escribir como si la certeza fuera tuya, como si existiera aún el vacío que raspa dentro tuyo, como si realmente te doliera no haberme encontrado aún.
Y como si fuera una seña consensuada…voy a escribir como si tus sueños te lo hubieran anticipado, como si yo fuera tu pregunta, como si tus coordenadas se resistieran, como si no supieras cómo estirar el cuello y abrir el juego, como si ya tuvieras en los labios la sugerencia, y en la lengua la mitad del nombre…
Y como si en los textos de tu mente no estuvieran irrumpiendo algunas palabras en español, voy a hacer de cuenta, J, que no me estás oyendo, voy a escribir como si fuera cierto que no es cierto. Voy a hacer de cuenta que no te amo, que no te busco y que no te espero.

El sol de Lafayette (melosos textos cortos)

De mi voz: siguiendo la línea del texto anterior, dedicado al mismo sujeto fantaseado, con la misma tonta intensidad. Aompañado por una fotografía de la intersección entre Lafayette y Prince, que fue tomada durante mi viaje a NYC, en marzo del 2012. 




Estuve allí, en la puerta de tu casa, sobre la sobra de tus huellas andando curiosa. Los aires eximidos de tu saliva no recordaban cómo traer algo de vos a este tiempo. Todo era tuyo en abandono…Te llevaste hasta la ausencia, testigo hueco de lo que alguna vez fue. Quitaste el óleo y las pruebas…Y me volví sin evidencias, a tal punto que el retrato de lo real se fue adentrando en mi vegetada imaginación…El sol deLafayette caía tibio sobre la falda de los edificios y mezquino escondía los textos de su paso por tu piel…En la esquina, expectante, mordisqueando una veggie burger, tomé la foto del cartel verde, registré la intersección, repasé en imágenes la veracidad de lo inverosímil y me volví, como si siempre lo hubiera sabido, con las manos vacías y mi amor por vos intacto…

miércoles, 9 de enero de 2013

Puede que...(melosos textos cortos)

De mi voz: uno de varios pequeños y melosos textos dirigidos a mi personal versión fantaseada de John Mayer. Disculpen por el atrevimiento de comportarme o haberme comportado como una adolescente cuya única vida amorosa puede existir en la intensidad de una fantasía desmedida y auto-ajustada.


Puede que...
Escucho tu voz. Lejos, como siempre. En otro plano, en otra estancia.
Conozco de memoria las formas geométricas de tus melodías, adivino el diseño de cada frase, la curvatura de las consonantes antes de abandonar tu boca.
Sé de qué hablás pero no entiendo nada.
Puede que me acerque, pronto, y huela la estela del aire que dejaste hace un rato en la vereda. Puede que te pise los talones y me quede con la costura de tu botamanga en ausencia…Cuánto más me acerque, más lejos andarás. Puede que hasta transpire mis pies sobre las mismas tablas en que los tuyos marcaron el pulso de alguna canción…Cuanto más te replique, más lejos andarás.
Puede que pueda incluso golpear el vidrio de tu puerta. Y hasta si miro muy fijo, descubrir la huella vieja de tus idas y venidas por el hall. Puede que le comprebagels a tu panadero y me siente en tu silla favorita del bar. Y que me quede ciega de tanto buscarte, y que llore ante la mueca burlona del fracaso cuando le diga adiós a tu esquina, a tu huella, a tu silla y al panadero. 
Cuanto más me acerque, más lejos andarás.
Y me traeré de vuelta a casa lo que es mío: la memoria incorruptible de tu boca torcida al sonreír, la hondura teñida de tus ojos curiosos, y esas ganas incalmables de ser tu mujer.

Ecualizada.com : Los músicos no escuchan música (entrada de blog)

De mi voz: Este texto formó parte de un proyecto que alguna vez tuvo curso llamado "Ecualizada". Se trataba de un blog de música del que durante un tiempo participé. Es probable que en la re-lectura, ya no esté tan de acuerdo con lo que escribí, y es posible - también- que mucha gente esté cabalmente en desacuerdo con las opiniones y los puntos de vista del relato. Aún así, lo comparto =)


Ecualizada.com :  Los músicos no escuchan música


Estoy pensando en los músicos. Se que no existe una habilitación legal para ejercer como músico oficial. Algunos dirán que el estudio sumado a la experiencia, hacen al profesional. No dudo que en alguna medida esto es así, pero como no hay carnet o licencia que indique de una persona su grado de práctica del oficio, no puedo más que remitirme a la observación de algunas curiosidades.
            Me doy cuenta que al verdadero músico la música no le llama la atención. Es decir, no lo sorprende. Igual que al médico no lo sorprende una herida, la sangre, el dolor físico o la muerte. Al profesional no lo conmueve el encuentro con una buena pieza musical, no se excita con la contemplación del arte ajeno porque la música, desde hace tiempo, no se trata de un elemento externo a ser conquistado en el futuro.
            El verdadero músico vive en permanente estado sonoro, a tal punto que prefiere respetar sus pequeños espacios de silencio. No es alguien a quien podamos usualmente ver pasándole un trapo a la mesada de la cocina mientras escucha un tema tras otro a todo volumen. Por más paradójico que resulte, el verdadero músico no escucha música.
Tampoco es muy sociable. Es, más bien, un pájaro solitario que bate las alas de la creación hasta donde se lo permiten las cuatro paredes de su pequeño estudio unipersonal. No gusta de los encuentros casuales con otros músicos y detesta soltar y recibir cumplidos que empalaguen de hipocresía. Es un experimentador y un autómata, cuyo discurso oral se va reduciendo paulatinamente en la medida en que la estructura del lenguaje musical le va ganando espacio a la del lenguaje verbal en su cerebro.
Sus pensamientos se tornan rítmicos o melódicos y en el peor de los casos armónicos, contribuyendo al aislamiento.
            El verdadero músico no es la cara del producto de otro, no puede concretar con éxito la entrega de su arte a cambio de dinero, no delega, no comparte con pericia, no sabe hacer otra cosa más que armar cosas con música, cosas hechas de música, casas y ventanas hechas con música. Los escenarios no son promesa de exhibicionismo y utilería, si no más bien un buen inodoro esporádico donde precipitar el vómito urgente. La escena es para el vero músico el único espacio posible donde poder desagotar las tripas. Anda por la vida de un modo tan particular y tan poco enmarquesinado que apenas se lo puede distinguir del ejecutivo de ventas de un banco o la dueña de una inmobiliaria. Las ropas de promoción le quedan incómodas y prefiere las pantuflas combinadas con las uñas mal cortadas. El acicalamiento le quita tiempo de creación a pesar de que podría parecerle importante. No es aquel de las gafas negras y la guitarra colgada ni aquella de los pelos locos y las botas de charol. Tampoco el de los anteojitos y el bolso lleno de partituras de Chopin ni la del piano y las lentejuelas. Es uno que va por ahí como un enfermero sin ambo o una maestra sin guardapolvo, sin insignias o exageraciones. Uno más ejerciendo su profesión, silenciando sus tiempos libres, construyendo la vida sobre la base de la vocación como razón cotidiana.

martes, 8 de enero de 2013

Fiber-boys (relato)


 De mi voz: esto fue escrito a partir (y hasta pudo haber sido durante) la venida de los técnicos de Fibertel para colocar la conexión a internet en mi casa, hace varios años. Simpático.
                                                     Fiber-boys

-¿Llegó?
-...
-¿Llegó, Alejandro, llegó?
-No. Se cortó-oigo la voz lejana de Alejandro desde arriba.
-...Cha de la lora...-
      Alejandro bajó y asistió al gordito principiante que no sabía manipular con su pericia el material de trabajo. La que aceptó el procedimiento, que vengo a ser yo, acaba de ser testigo de dicho diálogo demencial.
      Alejandro me pidió un trapo cualquiera. Lo fui a buscar interrumpiendo mi trinchera de palabras silenciosas. Lo humedecí y se lo acerqué a las manos. Sospecho que lo que estos muchachos están haciendo es peligroso. Estoy sola con ámbos, cerca de ámbos y observando a tientas lo que a mis ojos es un desastre de movimientos torpes. Su deambular despide ruidos que presagian cosas a punto de romperse dentro. Temo por ella y temo por mí, que no sabría que hacer sin su cobijo.
      Una bocina asustada me previene. Porque las puertas y la ventanita de la terraza se abren sin cesar y los gatos podrían escaparse. No puedo controlar toda la escena. Son demasiadas personas y demasiado ruido. No cuidan lo mío. Pero no me alcanza la voluntad y la inteligencia para detenerlos. Con la excusa de ayudarlos voy detrás de ellos para intentar tapar los agujeros de desprotección que inauguran con tanto desparpajo.
-Voy a intentar pasarlo desde arriba- dice la voz  de Alejandro sobre nuestras cabezas.
Ahora me entero que el gordito se llama Sebastián y que algo se les quedó trabado.
Atorado en las arterias, confundiéndolo todo, pretendiendo cortarle la circulación.
Tanto le debo a esta bella que me cobija. Tanto que me averguenza la culpa por estar permitiendo que la pinchen y la embistan con sondas y le cambien los vasos por donde circula alguna porción de su biología. Y todo por un capricho ostentoso de mi deseo por correr a la par del vicio de la tecnología. Ya todo va a estar bien, quisiera yo decirle y acariciarle la membrana de la cabeza. Pero no puedo desconocer la angustia de saber que algo está saliendo mal. A pesar de estar yo dentro suyo, no me es posible protegerla.
-Se quedó trabado- vuelve a decir Sebastián, por quien ahora comienzo a sentir profunda ira. Siento pesadumbre por el filo hiriente de mi frivolidad. ¿Cómo es posible que la aparentemente inofensiva decisión de una pequeña incisión estética esté dando por convertirse en una amenaza vital? En un punto ella es como un chico. Decido y ejecuto por ella lo que creo bueno y justo. Soy la dadora de acción a los acuerdos que nos surgen en la convivencia. Por eso puedo equivocarme. La responsabilidad recae toda sobre mis hombros.
      Le quiero pedir perdón. Mi intención no era mala. Lo hice por el bien de ambas, lo consulté, evalué los costos y festejé la promesa de los beneficios.
Le pido mil disculpas y cruzo los dedos desde aquí cerca para que los profesionales sepan lo que hacen. Ahora se metieron con uno de sus ojos. No veo por qué, pero así lo hicieron.
Me pidieron ayuda para apagarle un ojo y luego lo destartalaron y jalaron una vena hacia fuera. Le meten la mano sin anestesia, como si no se tratara de un ente sintiente. Quiero que dejen todo como lo encontraron cuando tuve la ingrata idea de abrirles la puerta y aprobar la operación. Mi remordimiento es aún más antiguo. Data de la fecha en que recibí el llamado telefónico de la empresa que ofrece este tipo de cosas. Me soltaron toda clase de guirnaldas y fuegos de artificio, con la advertencia seductora que indicaba que ella no podía quedar fuera de este privilegio. Al parecer, todas las de su estirpe y talla lo tienen, se lo han hecho hacer últimamente. Y ninguna como ellas podía preciarse de tal si no se hacía intervenir de este modo. Si bien ya los conocía, se confirmaron pioneros y propietarios de la mejor calidad en servicio y atención.
      La tarde suelta sus amarras para devorarse al sol y los dos hombres de nuestro infortunio continúan manoseandola y entreverándose con el contenido de su cuerpito abierto. No se cómo disculparme. El bip intermitente de un aparato interrumpe la monotonía propia que adquieren todos los procedimientos cuando se intenta revertir lo insolucionable,.
-Supongo que diez, quince minutos...recién ahora pudimos pasar el cable.-la voz de Alejandro como auspicio y caricia para mi corazón apretujado. Presumo que tomaron el rumbo de una operación paliativa. Se, porque desde aquí puedo verlo, que utilizaron la vena que extrajeron desde el ojo y la enviaron hacia otro agujero para poder intervenir el hoyo que hay en la membrana de su cabecita. Pero eso sólo puede -en el mejor de los casos- volver a foja cero las cosas. Dicen que algo dentro se rompió pero finalmente lo arreglaron con esfuerzo. Acabo de recuperar el aliento; está sana mi bonita, pero sólo yo se los nervios que me atravesaron la garganta durante estas horas. De todos modos, no dudaré en pedir estudios para corroborar que su sistema está en condiciones.
      De repente tengo miedo de este relato. Comienzo a pensar en ella en nuevos términos. Se me ocurre adjudicarle un corazón de verdades y emociones, una habilidad para el cobijo y la predilección por acunarme y endulzar los sueños de mi cama cada noche. Se me impone la certeza de estarnos aliadas. Igual que lo hice en la adolescencia con el Renault 4 de mi padre y en la infancia con el perro Tulo que, forrado en peluche, protagonizaba una canción infantil. Quiero dar un paso al costado del texto y desembarazarme del afecto con que lo imprimo. Me parece bien hacerlo, porque no puedo creer que sea cierto el amor con que me refiero a ella. Me impresiona la legitimidad de las gracias que le doy y la felicidad desmedida con que la abrazo desde adentro cada día, cuando vuelvo para verla y cada noche, cuando acomodo el aire en el espacio suave de su respirar arquitectónico.
Es tan igual que yo, que desde que vivo con ella, algo de mi identidad se hizo de oro. Con ella soy más yo que nunca antes.
-Ya está. ¿Te pido una firmita?- Alejandro a punto de irse.
-Sí, sí. ¿Estás seguro que la cañería no se rompió?
-No, no...quedó todo igual.
      Me dejaron más tranquila y un puñado de restos de cable negro y blanco en el suelo. Los gorritos de Fibertel todavía cuchicheaban del otro lado de la puerta pero ya no había peligro. Encendí la computadora que a partir de ahora ella alimenta a gran velocidad y apenas nos quedamos solas, mi casa y yo, volvimos a aliarnos como hermanas bajo la grata certificación de una enorme sonrisa compartida.

Lapidada


  De mi voz: Otro texto de taller. En lo particular, me resulta un poco escalofriante. Dudé en publicarlo, pero creo que en su andar y en su síntesis tiene mucha dulzura.

                                 Lapidada

Por eso nunca guardo lo que escribo en mi diario. Por eso tengo un diario virtual. De esos que se atesoran en un disco rígido con clave privada. A los papeles nunca los devora el tiempo y la mayoría de las memorias tienen el poder de reanimar las tintas ocultas.

Nuestro vínculo está repleto de oscuridad. Como a pesar de todo nos queremos, decidí dedicar todos estos años a mancillar  mi identidad, postergar mis proyectos y sobre adaptarme  a un sistema de control celotípico que a veces me deja el cuerpo pequeño como una oruga. Por eso nunca dejo a la vista lo que escribo con la complicidad del alma. Se me prohibe cualquier contacto con el mundo exterior. Claro que es una condición histórica de nuestra cultura pero cabe decir que los mensajes urgentes que una mujer se escribe a si misma en la vida, también cuentan con las verificaciones de la historia y la eterna tradición que construyen los vientres oprimidos.
           
Es una obviedad aclarar que jamás engañé a Abdul. Sin embargo, lo que tuvo vedado la carne se multiplicó en mi imaginación y mis quimeras a tal punto, que me convertí en una verdadera y anónima escritora. Soy la poeta del deseo amordazado. No es que me enorgullezca pero estoy tan segura del valor literario de mi obra, que si tuviera alguna vez la oportunidad de darla a conocer, sin dudas sería un best.-seller.
           
Las lunas llenas me envenenan la sangre. Durante la última, me encontraba yo tumbada entre los tules y el colchón, cuando me asaltó un impulso del pecho y se me elevó al cerebro para dejarme escuchar un nombre: Rahid. Las letras me humedecieron los labios, una por una, y con los dedos urgentes recorrí algo de mis piernas hasta dar con la computadora una vez más. Abrí la carpeta número cuatro del dos mil cuatro y encontré el archivo con su nombre.

“Hijo de la lumbre de mis ojos, te deseo.
Todos los jueves de mañana te veo arrastrar el carro de tu venta, con manos poderosas y un sudor que quiero mío”.

            Leyéndome, lo recordé. Tanto y tan bien, que quise saberme más y me quedé leyendo hasta que el sueño se llevó el relato para regalarme imágenes.
Es muy temprano en la mañana y desde esta quietud de mi cuerpo puedo ver todas las caras y todos los contornos bellos que en el pasado tuve que evitar contemplar. Presa hasta el cuello, pero libre en los ojos por fin, sonrío y seduzco con lo que me queda de vida. Soy mujer por vez primera, en el ocaso de mi existencia y en la potencia de mi juventud.

En dos horas seré lapidada. A la vista del pueblo todo y me iré porque soy culpable. Olvidé cerrar los archivos y mi diario íntimo fue la ira de Abdul. Esta es mi maldición. Sin embargo, a la hora del final, sabré que todos ellos, mis amantes del nunca-jamás, sentirán el ruido de mi piel en las venas, gemirán el dolor de mis entrañas en las fibras de los huesos, como yo lo hice, una y mil veces, al imaginarlos amándome y desnudos. Esta es mi bendición.

                                                                       Romina Vitale

El misterio del sauce llorón ( relato)

De mi voz: Este texto también fue escrito en el marco de una consigna dada por Hugo, quien dirigía el taller de escritura al que asistí hace unos años. Recuerdo que le gustó especialmente...Espero que a ustedes también.


El misterio del sauce llorón
            Era la tarde de un sábado acechado por los fuegos de febrero en el sur, cuando Antonio Pereira terminó de lustrar las pequeñas botas de un hijo que había visto morir en el llano hacía quince años. El salón restaurante, herencia de sus abuelos, gozaba del silencio amigable que bendice el campo cuando los atardeceres son la misma cosa que las mañanas y la siesta se confunde con la sinrazón de los sueños. Algunos de sus animales lo esperaban amarrados al alambrado del terreno contiguo al comedor y otros deambulaban la apacible llanura que le daba gusto a horizonte al paisaje, del otro lado de la ruta.

Pereira era un hombre de ley, demasiado flaco para sus cotidianas labores rurales pero con la valentía suficiente como para haber defendido la tierra de sus antepasados toda vez que la cercanía con la ruta pretendió aplicarle inyecciones de urbanidad. Ninguna estación de servicio, burlándose de él en los planos de insensibles arquitectos de la capital, conseguiría alterar la convicción de su entrecejo, la dignidad de su pecho y la contundencia de la palabra mecida en una verdad histórica.
-Mis hijos van a crecer rodeados de animales y leyendas-. Le juró Pereira al facón de su padre mientras la tierra bajo sus pies comenzaba a llevárselo para siempre y así fue, hasta que los hijos se hicieron hombres y se fueron a deshojar misterios con la curiosidad de la ciudad en la punta de sus narices. Cada año regresaban tras la primavera para compartir con su padre una porción de verano y un puñado de noticias y descubrimientos de la vida citadina. Así fue como Pereira descubrió algunas leyes del marketing que estudiaba Brian Alberto en la universidad y algunas recetas de la gastronomía europea que traía cada año en las manos Juan Antonio, el menor de sus muchachos.

            Se había acostumbrado a la soledad de las siestas ajenas con la práctica de innumerables hábitos capitalinos siempre y cuando no provocaran la ira de su sangre criolla. Cuando acababan por hacerlo abandonaba de un brinco su altísima silla de madera y vociferaba para que todos los vientos y las voluntades del campo le devolvieran su sentido de pertenencia. Aprendió que, cuanto más gauchesca fuera la decoración de su local, mejor le sentaría a los clientes que, montados en la fantasía de universalización del Martín Fierro, parecían no pretender menos bar que una pulpería. Fue  entonces cuando, maldiciendo su desorientado sentido del negocio gastronómico, dedicó varias lunas a redecorar la cantina. Castigando su espalda más de la cuenta, despinchó guirnaldas de colores y posters con las fotos de películas extranjeras para trocarlos por antiguos cuadros de gauchos mateando y fustas de cuero que compró en una feria de antigüedades de un pueblo lindero. Tardó varios dolores de cabeza y un sinfín de discusiones con el hijo universitario para entender que el colorinche carnavalesco no lo acercaba a los gustos del urbano si no más bien al bochorno de un vetusto sentido estético. Solo cuando vio multiplicarse los flashes de las pequeñas camaritas y el volumen de las comandas, se decidió a acomodarse el bigote sobre el labio y reconocerle al crío su razón.


            A la mujer que un día tuvo se la fue llevando la noche de un peón embravecido con su cintura. Nadie lo entendió mejor que su conciencia de hombre destinado al abandono. Por eso acabó haciéndose al gusto del silencio más íntimo y a la lumbre y los aromas lentos del rocío de la hierba en los pies.
            Aún le respetaba al espíritu el ánimo de pasear a sus vaquillas por entre los mismos árboles que se dejaron trepar por Santiago cuando estaba vivo como ellos. La sola vista de los viejos troncos le ofrecía un ensueño de continuidad, porque nada había cambiado entre las ramas y los frutos desde la tragedia que puso el vicio lumínico de una tormenta al servicio del eterno llorar del corazón de Pereira. Si la muerte no se había llevado el refugio del niño, entonces quizás siguiera meciéndole las ganas de reír entre sus hojas. No quedaban vestigios del hueco que el rayo mortífero había abierto en la tierra. Se recordaba por allí que cuando el niño murió, su padre se fue con yegua y todo a vivir la pena a un paso del pasto quemado y no movió ni la mueca hasta tanto varios días después Don Arismendi dio con él y se lo llevó arrastrando de nuevo al pueblo. Cuando la fiebre y el dolor de Pereira lo pusieron a desvariar y a escupir delirios, los vecinos resolvieron esconder la evidencia con plantas y piedras nuevas.
           
Alberto Arismendi era el hijo del que siempre reniegan las familias finas. Su capricho le había quitado el dinero prometido por una herencia segura y ni el rubio de su estirpe le quedaba ya en la cabeza calva por derecho y elección. Era el mejor amigo de Pereira y el padrino de todos sus hijos, incluso del difunto Santiago. No tenía más compañía que un par de vacas viejas y un enorme televisor que fue el envío clandestino de una tía de la que nunca volvió a saber. Le quedó de su elegante y atormentada infancia lo que no le pudo robar a la memoria y tal vez para ver si se le quitaba de la lengua, se lo contó todo al amigo tantas veces como el silencio forzado de ambos le dio el visto bueno.
Últimamente había comenzado a trabajar en el negocio de Pereira. El tumulto semanal que andaba trayendo el nuevo gauchito de madera en la puerta de la simulada pulpería, obligó al dueño a repartir las tareas y el ingreso. A partir de  entonces los amigos se turnaron para atender la cocina y la clientela hasta que fue evidente la habilidad de Arismendi para entretener el cansancio de los viajantes y el buen criterio que habían dejado en las manos de Pereira las clases de cocina. La fórmula contribuyó de tal modo al éxito del restaurante que rápidamente hizo falta un tercer ayudante para dar abasto.

            Hay miradas que cuentan las verdades que se ahorran las bocas por pudor, mientras otras  bocas se humedecen porfiándole al viento su derecho a la sequía. Algo así pensó el estómago de Arismendi cuando le vio el vestido amarillo a Marcela Gómez. La hija mayor del dueño de la panadería acusó ser y le pidió trabajo, amparada por el cartel que solicitaba empleado en la ventana de la cantina. Le  hubiera querido contestar que cómo había crecido, que la última vez que la había visto cuando ella vivía en el otro pueblo, ¡qué  barbaridad!, no era más que una niñita, que ¿cómo podía ser?, que semejantes senos, que la cadera más redonda y perfecta y le dijo que sí, por supuesto, estaba contratada.

No hizo falta explicarle a Pereira. 

            Cuando la bombacha gris le ciñó a Marcela Gómez la cintura por primera vez, el amor le aplastó la rebeldía a Arismendi para siempre.

            No hizo falta explicarle pero hizo cuentas. Un tormento antaño amordazado soltó sus amarras y saltó de lo oscuro al claro presente, como un fantasma.
           
Esa mañana se fue Pereira con un potrillo nuevo a perderle el rastro al remordimiento. Se sentó bajo la sombrilla verde de un sauce y retomó las cuentas. La vida le había puesto las tripas de un gran secreto a la vista y entonces se mordió los labios hasta enrojecer de sangre el bigote y los dientes. Aunque los años mantengan las vergüenzas ocultas, los números no mienten y las deudas de honor con la propia historia son lo más crudo que se puede conversar con la conciencia. Esa muchacha podía ser un viejo descuido de su entraña. Una hija de él, la media hermana silenciada de sus hijos varones. Y ¿cómo le iba a hacer para estarse seguro? Gritó en soledad para intentar entretener a los ojos vigías del llano y postergar de algún modo la condena por venir. Si no tenia dudas, a decir verdad...
           
María Clara había sido la mujer con la que Pereira se dio el permiso de engañar a la madre de los tres frutos de su matrimonio. La culpa que siempre había sentido por traicionar los mandatos de su lealtad le había hecho preferir popularizar una herida a su hombría que delatarse. Cuando la esposa le entregó al peón el corazón deshecho y se marchó del desengaño, movida por un odio que hasta le hizo olvidar que también dejaba a sus propios hijos, Pereira se apuró a erigirse mártir y lloriqueó una fábula engañosa que le limpió todo menos el alma. Apenas supo del embarazo de su amante, borró con el codo la impureza de su mano y jamás volvió a nombrarla. Ella no reclamó y a cambio se mudó a otro pueblo para no tener que beberse el residuo del aire que respiraba Pereira.

            La vieja lavandería había sido comprada por un panadero foráneo hacía un par de meses. El hombre traía consigo una hija y las marcas de su reciente viudez en el entrecejo.
Pereira supo que María Clara se había casado con un panadero de apellido Gómez pero le alcanzó el espanto de verse repetir en el espejo las formas iguales del rostro de la niña aparecida. Era una Pereira de ley. Y se estaba enamorando de su mejor amigo. ¿Qué cosa era esa que le estaba sucediendo a su forma de armar la vida? ¿Qué se le estaba pidiendo?
Eso quiso saber a los gritos contra la lluvia que le perforaba la piel.  Al pequeño cimarrón el ardor del agua le golpeó el lomo y la voz lastimosa del amo le pareció la orden para regresar al corral. Se hacía tarde y los clientes estarían atiborrados frente al gauchito de madera tras el cual, pensó Pereira,  debía estar brillándole la sangre de su sangre a la joven Marcela. Le rogó al cielo el favor de otro rayo mortal que lo llevara con Santiago a las copas eternas de los sauces. No podía imaginarse otro paraíso más feliz. Quería olvidarlo todo y compartir la inocencia del niño que fue su hijo menor. Treparse con él a la liviana blancura de quien no tuvo a mal hacerse grande, jugar a vaciar la mente de tanta amargura en conserva.
           
Ensimismado en esa imperiosa fantasía, abrió los brazos y los dedos dejándole al pecho el beneficio del temblor de los truenos. Se puso a mirar el árbol con la bruma del agua en los ojos, dibujando formas animadas. Eran Santiago y él, uno tras otro arañando la madera del sauce cuesta arriba. El niño lo llamaba y él cumplía. A medida que avanzaba se le iban cayendo las ropas y los años, la memoria y los tormentos, los errores y el hastío, lo bien y lo mal, lo duro y lo sombrío, lo que no tuvo remedio. Subía y las mejillas se le ovalaban sonrojadas, los ojos se  deshacían del traje arrugado, con nuevo fulgor. Trepaba y su cuerpo trocaba las manchas gastadas de su vejez,  por la turgencia transparente de la piel de un niño. Pelusas noveles y gruesas azabache brotaban debajo del sombrero que, enrarecido y gigante, se iba al suelo como todo lo demás. Rozando los bordes de la cima verde con los pies pequeños y desnudos, se iba embelezando con la vista del campo, vacío y perpetuo, palpitante y tibio como un arrullo, húmedo como una boca de madre en beso, sin más escritura y anécdota que el suave latir de capullos por brotar o la siembra por venir.

            El grito plateado y grueso de la luz hundiéndose en la tierra, mandó a Arismendi de inmediato al llano en busca de su amigo. Los restos de la luna ausente pintaban su cabeza lisa y preocupada. Allí donde una vez las piedras enterraron la tragedia de su ahijado, se abultaba ahora el cuerpo calcinado de su compadre. Lloró de pie sin consuelo con una única pregunta oprimida en la garganta. Luego se dejó consolar por el silencio, hasta que su ánimo aturdido atrapó las carcajadas ondulantes de unos niños. Arismendi alzó la vista en torno a la cumbre del sauce más alto y vio la silueta rosada de dos muchachitos jugar a soplar gotas de lluvia como burbujas. 

No hizo falta explicarle. De inmediato supo, se hizo a la idea y guardo para siempre el secreto.

            A partir de aquel día, los niños del pueblo se reúnen de cuando en cuando para recibir de la sequía el misterio de unas gotas que, traviesas, les decoran los hombros y las narices aliviando el calor, a la sombra risueña del sauce llorón.


                                                                                              Romina Vitale

Resonancia (texto)

De mi voz: Escribí este texto en el marco de un taller literario al que asistía, hace algunos años. A partir de la consigna, utilicé términos relativos a la música para hablar de un amor:



Resonancia

No pudimos amarnos en este escenario...a pesar de los armónicos contactos de la piel, no debimos.
Seguramente me está esperando sin saberlo. Lo acompaña sin volumen la estrofa que le prometí para otra vida. Sabe sin oírse saber que me adora. Como un despliegue veloz de fusas descontroladas, breves y confusas, así fue la melodía de nuestra introducción. Pero no hubo director que se atreviera a conducir el desenlace. Recuerdo el hueco de mi espalda trazando la forma adecuada para hacer de su brazo el arco de un violín que aún solloza en mis sueños.
El delirio agudo de su boca redonda sordinaba el bullicio de un afuera disonante. Éramos la cumbre de un preludio sin más pausa que el eterno calderón de nuestro abrazo. Ël y yo, cuerda y tensión, ensamble perfecto, tendidos y disfónicos, sostenidos y amantes sin arreglo.
Me gustaba estirarme desde el diapasón que trazaba su cintura tibia, rozar el tenor de su cuello con una melodía de alabanza, pianísimo en su oído, solfeandole en un trino los planes que tenía para nuestro futuro.
No pudimos...a pesar del dulzor amplificado del dúo que comenzábamos a ser, aún contando con la eterna ligadura, con la métrica perfecta de nuestros pasos iguales.

Se desarmó la belleza de nuestra sonata deshilvanando el acuerdo, como un acorde obligado a resignar su sincronía para perderse en un arpegio forzado.

Él y yo, siempre da capo. Mi lecho acompasaba la certeza polifónica de nuestra pasíon.
Su perfume reverberaba en la humedad de mis manos cifrando para siempre el destino de mi corazón.

No pudimos...le digo al alma cuando intento rallentar la pena. Y me quedo dormida tejiendo la ilusión de un futuro estribillo para semejante hit.