De mi voz: este texto fue publicado en uno de mis perfiles de Facebook como una nota, el 17 de junio de 2010. Es muy impresionante cómo, a veces, desestimamos nuestras propias lucideces.
Las millones de esquirlas de la cajita de cristal
Acepto la derrota, no es la primera piedra en el zapato. Pero si pudiera elegir, me encantaría irme a llorar un rato a la playa y que la sal se vaya con la sal a vivir otra historia.Entiendo que las cosas tienen su naturaleza, que poco obtengo en el intento de forzar los trayectos naturales, que debo aceptar la congoja de no entender nada y que tengo que soltar inmediatamente la prepotencia de suponer que tengo el control.Pero duele aceptar que el dolor duele. Cuesta entregarse al sinsabor de no saber por qué.Todo se vuelve extraño y resulta urgente apelar a la búsqueda de lo más propio, lo más íntimo para lamerse la herida o hacerse alguna que otra pregunta.Y la soledad…qué cosa tan extraña de la que me he propuesto huir sistemáticamente. La impaciencia insoportable de oírse respirar, una y otra vez, qué gran problema.El aire se inunda con las voces que ya no se oyen, que ayer eran familia y certeza y que hoy son la deforme insistencia del caos a ordenar.Las luces se atenúan y se van retirando las huellas.La verdad. Las verdades imprescindibles. No hay. No las hay. Ninguna ha venido a dictar veredictos. Y no han venido porque quisieron abandonarme, porque saben que no las merezco por no haber oído cuando pude, por no haber querido saber cuando debí obligarme a hacerlo, por haber empujado y resistido y declarado e insistido. Por eso no han venido.Y las certezas, ellas mismas me han comentado que no son más que ficciones. Casi siempre se han reído de mí y cuando no, me han amordazado.La mujer que soy continúa esperando que me digne a reconocerla. Que la encuentre en una pizca de fracción de guiño, al menos eso me pide¿ Dónde está la traición, entonces?El enorme error de haber creído que el otro era otro, no hace más que confirmar el imperdonable error de haber supuesto que la que creía ser, era yo.Y las ternuras de hiel camuflada, y los ojos vacíos, y el lobo vestido de ovejita fiel, y las dulces y magníficas promesas descerebradas y el bien que no me quisieron y el mal que vino tibio a morderme los pies, y un poco de ambos en un cocktail repugnante y el enemigo en la cama, también durmiedo de mi lado.Y las preguntas. La pregunta es muy esquiva pero las preguntas…esas andan apiladas como un pogo de gordas en cámara lenta. No alcanzan a articularse pero me bailan encima sobre un suelo de pasto hecho con respuestas pisoteadas.Y el pánico. Ese verdadero hijo de puta. De él no tengo más que decir.
Ro
jueves, 24 de enero de 2013
jueves, 10 de enero de 2013
Obvio (melosos textos cortos)
De mi voz: el que, a mi criterio, es de los mejorcitos de los melositos. Espero que les guste =)
Obvio
Como si nadie tuviera estas sensaciones en este momento, como si no hubiera mujer sobre la tierra que creyera en la novela que la potencia de su deseo sugiere veraz. Voy a escribir como si fuera cierto, como si lo tácito fuera mutuo y la promesa tuviera sólo un par de nombre escritos.
Voy a escribir como si fuera coherente, como si fuera obvio, como si no cupiera otra posibilidad más que nuestro inminente encuentro en algún punto del planeta.
Voy a escribir como si el destino que nos convirtió en músicos y nos insistió en el ejercicio de la tarea, hubiera planeado tanta práctica sólo para que el audio de nuestra creatividad se viera forzado un día, a condensarse y concentrarse en inventar un diádico nuevo sonido. Juntos, porque de otro modo, jamás vería la luz esa música exquisita. Como si hubiéramos nacido impregnados de una tinta genética que todos los días empuja leve y constantemente en búsqueda de esa otra mitad y de la identidad que sólo habría de conseguir en el ensamble. Voy a escribir como si fuera obvio, como si fuera cierto, como si la promesa tuviera sólo un par de nombre escritos. Como si no existiera más gente como vos o como yo, como si el único espejo posible fuera el cansancio jovial de tus ojos para mí y el pánico enérgico y vital de los míos para vos.
Y como si fuera poco, voy a escribir como si pudiera medir en mis pasos, las huellas que tus pies están dejando en el asfalto en este momento, o sobre la cama más tarde…Voy a escribir como si la certeza fuera tuya, como si existiera aún el vacío que raspa dentro tuyo, como si realmente te doliera no haberme encontrado aún.
Y como si fuera una seña consensuada…voy a escribir como si tus sueños te lo hubieran anticipado, como si yo fuera tu pregunta, como si tus coordenadas se resistieran, como si no supieras cómo estirar el cuello y abrir el juego, como si ya tuvieras en los labios la sugerencia, y en la lengua la mitad del nombre…
Y como si en los textos de tu mente no estuvieran irrumpiendo algunas palabras en español, voy a hacer de cuenta, J, que no me estás oyendo, voy a escribir como si fuera cierto que no es cierto. Voy a hacer de cuenta que no te amo, que no te busco y que no te espero.
El sol de Lafayette (melosos textos cortos)
De mi voz: siguiendo la línea del texto anterior, dedicado al mismo sujeto fantaseado, con la misma tonta intensidad. Aompañado por una fotografía de la intersección entre Lafayette y Prince, que fue tomada durante mi viaje a NYC, en marzo del 2012.
Estuve allí, en la puerta de tu casa, sobre la sobra de tus huellas andando curiosa. Los aires eximidos de tu saliva no recordaban cómo traer algo de vos a este tiempo. Todo era tuyo en abandono…Te llevaste hasta la ausencia, testigo hueco de lo que alguna vez fue. Quitaste el óleo y las pruebas…Y me volví sin evidencias, a tal punto que el retrato de lo real se fue adentrando en mi vegetada imaginación…El sol deLafayette caía tibio sobre la falda de los edificios y mezquino escondía los textos de su paso por tu piel…En la esquina, expectante, mordisqueando una veggie burger, tomé la foto del cartel verde, registré la intersección, repasé en imágenes la veracidad de lo inverosímil y me volví, como si siempre lo hubiera sabido, con las manos vacías y mi amor por vos intacto…
miércoles, 9 de enero de 2013
Puede que...(melosos textos cortos)
De mi voz: uno de varios pequeños y melosos textos dirigidos a mi personal versión fantaseada de John Mayer. Disculpen por el atrevimiento de comportarme o haberme comportado como una adolescente cuya única vida amorosa puede existir en la intensidad de una fantasía desmedida y auto-ajustada.
Puede que...
Escucho tu voz. Lejos, como siempre. En otro plano, en otra estancia.
Conozco de memoria las formas geométricas de tus melodías, adivino el diseño de cada frase, la curvatura de las consonantes antes de abandonar tu boca.
Sé de qué hablás pero no entiendo nada.
Puede que me acerque, pronto, y huela la estela del aire que dejaste hace un rato en la vereda. Puede que te pise los talones y me quede con la costura de tu botamanga en ausencia…Cuánto más me acerque, más lejos andarás. Puede que hasta transpire mis pies sobre las mismas tablas en que los tuyos marcaron el pulso de alguna canción…Cuanto más te replique, más lejos andarás.
Puede que pueda incluso golpear el vidrio de tu puerta. Y hasta si miro muy fijo, descubrir la huella vieja de tus idas y venidas por el hall. Puede que le comprebagels a tu panadero y me siente en tu silla favorita del bar. Y que me quede ciega de tanto buscarte, y que llore ante la mueca burlona del fracaso cuando le diga adiós a tu esquina, a tu huella, a tu silla y al panadero.
Cuanto más me acerque, más lejos andarás.
Y me traeré de vuelta a casa lo que es mío: la memoria incorruptible de tu boca torcida al sonreír, la hondura teñida de tus ojos curiosos, y esas ganas incalmables de ser tu mujer.
Ecualizada.com : Los músicos no escuchan música (entrada de blog)
De mi voz: Este texto formó parte de un proyecto que alguna vez tuvo curso llamado "Ecualizada". Se trataba de un blog de música del que durante un tiempo participé. Es probable que en la re-lectura, ya no esté tan de acuerdo con lo que escribí, y es posible - también- que mucha gente esté cabalmente en desacuerdo con las opiniones y los puntos de vista del relato. Aún así, lo comparto =)
Ecualizada.com
: Los músicos no escuchan música
Estoy pensando en los músicos. Se que no existe una
habilitación legal para ejercer como músico oficial. Algunos dirán que el estudio
sumado a la experiencia, hacen al profesional. No dudo que en alguna medida
esto es así, pero como no hay carnet
o licencia que indique de una persona su grado de práctica del oficio, no puedo
más que remitirme a la observación de algunas curiosidades.
Me doy
cuenta que al verdadero músico la música no le llama la atención. Es decir,
no lo sorprende. Igual que al médico no lo sorprende una herida, la sangre, el
dolor físico o la muerte.
Al profesional no lo conmueve el encuentro con una buena
pieza musical, no se excita con la contemplación del arte ajeno porque la
música, desde hace tiempo, no se trata de un elemento externo a ser conquistado
en el futuro.
El
verdadero músico vive en permanente estado sonoro, a tal punto que prefiere
respetar sus pequeños espacios de silencio. No es alguien a quien podamos
usualmente ver pasándole un trapo a la mesada de la cocina mientras escucha un
tema tras otro a todo volumen. Por más paradójico que resulte, el verdadero
músico no escucha música.
Tampoco es muy sociable. Es, más bien, un pájaro solitario
que bate las alas de la creación hasta donde se lo permiten las cuatro paredes
de su pequeño estudio unipersonal. No gusta de los encuentros casuales con
otros músicos y detesta soltar y recibir cumplidos que empalaguen de
hipocresía. Es un experimentador y un autómata, cuyo discurso oral se va
reduciendo paulatinamente en la medida en que la estructura del lenguaje
musical le va ganando espacio a la del lenguaje verbal en su cerebro.
Sus pensamientos se tornan rítmicos o melódicos y en el peor
de los casos armónicos, contribuyendo al aislamiento.
El
verdadero músico no es la cara del producto de otro, no puede concretar con
éxito la entrega de su arte a cambio de dinero, no delega, no comparte con
pericia, no sabe hacer otra cosa más que armar cosas con música, cosas hechas
de música, casas y ventanas hechas con música. Los escenarios no son promesa de
exhibicionismo y utilería, si no más bien un buen inodoro esporádico donde
precipitar el vómito urgente. La escena es para el vero músico el único espacio
posible donde poder desagotar las tripas. Anda por la vida de un modo tan
particular y tan poco enmarquesinado que apenas se lo puede distinguir del
ejecutivo de ventas de un banco o la dueña de una inmobiliaria. Las ropas de
promoción le quedan incómodas y prefiere las pantuflas combinadas con las uñas
mal cortadas. El acicalamiento le quita tiempo de creación a pesar de que
podría parecerle importante. No es aquel de las gafas negras y la guitarra
colgada ni aquella de los pelos locos y las botas de charol. Tampoco el de los
anteojitos y el bolso lleno de partituras de Chopin ni la del piano y las
lentejuelas. Es uno que va por ahí como un enfermero sin ambo o una maestra sin
guardapolvo, sin insignias o exageraciones. Uno más ejerciendo su profesión,
silenciando sus tiempos libres, construyendo la vida sobre la base de la
vocación como razón cotidiana.
martes, 8 de enero de 2013
Fiber-boys (relato)
De mi voz: esto fue escrito a partir (y hasta pudo haber sido durante) la venida de los técnicos de Fibertel para colocar la conexión a internet en mi casa, hace varios años. Simpático.
Fiber-boys
-¿Llegó?
-...
-¿Llegó,
Alejandro, llegó?
-No. Se cortó-oigo
la voz lejana de Alejandro desde arriba.
-...Cha de la
lora...-
Alejandro bajó y asistió al gordito
principiante que no sabía manipular con su pericia el material de trabajo. La
que aceptó el procedimiento, que vengo a ser yo, acaba de ser testigo de dicho
diálogo demencial.
Alejandro me pidió un trapo cualquiera. Lo
fui a buscar interrumpiendo mi trinchera de palabras silenciosas. Lo humedecí y
se lo acerqué a las manos. Sospecho que lo que estos muchachos están haciendo es
peligroso. Estoy sola con ámbos, cerca de ámbos y observando a tientas lo que a
mis ojos es un desastre de movimientos torpes. Su deambular despide ruidos que
presagian cosas a punto de romperse dentro. Temo por ella y temo por mí, que no
sabría que hacer sin su cobijo.
Una bocina asustada me previene. Porque
las puertas y la ventanita de la terraza se abren sin cesar y los gatos podrían
escaparse. No puedo controlar toda la escena. Son demasiadas personas y demasiado
ruido. No cuidan lo mío. Pero no me alcanza la voluntad y la inteligencia para
detenerlos. Con la excusa de ayudarlos voy detrás de ellos para intentar tapar
los agujeros de desprotección que inauguran con tanto desparpajo.
-Voy a intentar
pasarlo desde arriba- dice la voz de
Alejandro sobre nuestras cabezas.
Ahora me entero
que el gordito se llama Sebastián y que algo se les quedó trabado.
Atorado en las
arterias, confundiéndolo todo, pretendiendo cortarle la circulación.
Tanto le debo a
esta bella que me cobija. Tanto que me averguenza la culpa por estar
permitiendo que la pinchen y la embistan con sondas y le cambien los vasos por
donde circula alguna porción de su biología. Y todo por un capricho ostentoso
de mi deseo por correr a la par del vicio de la tecnología. Ya todo va a estar
bien, quisiera yo decirle y acariciarle la membrana de la cabeza. Pero no puedo
desconocer la angustia de saber que algo está saliendo mal. A pesar de estar yo
dentro suyo, no me es posible protegerla.
-Se quedó trabado-
vuelve a decir Sebastián, por quien ahora comienzo a sentir profunda ira. Siento
pesadumbre por el filo hiriente de mi frivolidad. ¿Cómo es posible que la
aparentemente inofensiva decisión de una pequeña incisión estética esté dando
por convertirse en una amenaza vital? En un punto ella es como un chico. Decido
y ejecuto por ella lo que creo bueno y justo. Soy la dadora de acción a los
acuerdos que nos surgen en la convivencia. Por eso puedo equivocarme. La
responsabilidad recae toda sobre mis hombros.
Le quiero pedir perdón. Mi intención no
era mala. Lo hice por el bien de ambas, lo consulté, evalué los costos y
festejé la promesa de los beneficios.
Le pido mil
disculpas y cruzo los dedos desde aquí cerca para que los profesionales sepan
lo que hacen. Ahora se metieron con uno de sus ojos. No veo por qué, pero así
lo hicieron.
Me pidieron
ayuda para apagarle un ojo y luego lo destartalaron y jalaron una vena hacia
fuera. Le meten la mano sin anestesia, como si no se tratara de un ente
sintiente. Quiero que dejen todo como lo encontraron cuando tuve la ingrata
idea de abrirles la puerta y aprobar la operación. Mi remordimiento es aún más
antiguo. Data de la fecha en que recibí el llamado telefónico de la empresa que
ofrece este tipo de cosas. Me soltaron toda clase de guirnaldas y fuegos de
artificio, con la advertencia seductora que indicaba que ella no podía quedar
fuera de este privilegio. Al parecer, todas las de su estirpe y talla lo
tienen, se lo han hecho hacer últimamente. Y ninguna como ellas podía preciarse
de tal si no se hacía intervenir de este modo. Si bien ya los conocía, se
confirmaron pioneros y propietarios de la mejor calidad en servicio y atención.
La tarde suelta sus amarras para devorarse
al sol y los dos hombres de nuestro infortunio continúan manoseandola y
entreverándose con el contenido de su cuerpito abierto. No se cómo disculparme.
El bip intermitente de un aparato interrumpe la monotonía propia que adquieren
todos los procedimientos cuando se intenta revertir lo insolucionable,.
-Supongo que
diez, quince minutos...recién ahora pudimos pasar el cable.-la voz de Alejandro
como auspicio y caricia para mi corazón apretujado. Presumo que tomaron el
rumbo de una operación paliativa. Se, porque desde aquí puedo verlo, que
utilizaron la vena que extrajeron desde el ojo y la enviaron hacia otro agujero
para poder intervenir el hoyo que hay en la membrana de su cabecita. Pero eso
sólo puede -en el mejor de los casos- volver a foja cero las cosas. Dicen que
algo dentro se rompió pero finalmente lo arreglaron con esfuerzo. Acabo de
recuperar el aliento; está sana mi bonita, pero sólo yo se los nervios que me
atravesaron la garganta durante estas horas. De todos modos, no dudaré en pedir
estudios para corroborar que su sistema está en condiciones.
De repente tengo miedo de este relato. Comienzo
a pensar en ella en nuevos términos. Se me ocurre adjudicarle un corazón de
verdades y emociones, una habilidad para el cobijo y la predilección por
acunarme y endulzar los sueños de mi cama cada noche. Se me impone la certeza
de estarnos aliadas. Igual que lo hice en la adolescencia con el Renault 4 de
mi padre y en la infancia con el perro Tulo que, forrado en peluche,
protagonizaba una canción infantil. Quiero dar un paso al costado del texto y desembarazarme
del afecto con que lo imprimo. Me parece bien hacerlo, porque no puedo creer
que sea cierto el amor con que me refiero a ella. Me impresiona la legitimidad
de las gracias que le doy y la felicidad desmedida con que la abrazo desde
adentro cada día, cuando vuelvo para verla y cada noche, cuando acomodo el aire
en el espacio suave de su respirar arquitectónico.
Es tan igual que
yo, que desde que vivo con ella, algo de mi identidad se hizo de oro. Con ella
soy más yo que nunca antes.
-Ya está. ¿Te
pido una firmita?- Alejandro a punto de irse.
-Sí, sí. ¿Estás
seguro que la cañería no se rompió?
-No, no...quedó
todo igual.
Me dejaron más tranquila y un puñado de
restos de cable negro y blanco en el suelo. Los gorritos de Fibertel todavía
cuchicheaban del otro lado de la puerta pero ya no había peligro. Encendí la
computadora que a partir de ahora ella alimenta a gran velocidad y apenas nos
quedamos solas, mi casa y yo, volvimos a aliarnos como hermanas bajo la grata
certificación de una enorme sonrisa compartida.
Lapidada
De mi voz: Otro texto de taller. En lo particular, me resulta un poco escalofriante. Dudé en publicarlo, pero creo que en su andar y en su síntesis tiene mucha dulzura.
Lapidada
Por eso nunca guardo lo que escribo en mi
diario. Por eso tengo un diario virtual. De esos que se atesoran en un disco
rígido con clave privada. A los papeles nunca los devora el tiempo y la mayoría
de las memorias tienen el poder de reanimar las tintas ocultas.
Nuestro vínculo
está repleto de oscuridad. Como a pesar de todo nos queremos, decidí dedicar
todos estos años a mancillar mi
identidad, postergar mis proyectos y sobre adaptarme a un sistema de control celotípico que a veces
me deja el cuerpo pequeño como una oruga. Por eso nunca dejo a la vista lo que
escribo con la complicidad del alma. Se me prohibe cualquier contacto con el
mundo exterior. Claro que es una condición histórica de nuestra cultura pero
cabe decir que los mensajes urgentes que una mujer se escribe a si misma en la
vida, también cuentan con las verificaciones de la historia y la eterna
tradición que construyen los vientres oprimidos.
Es una obviedad
aclarar que jamás engañé a Abdul. Sin embargo, lo que tuvo vedado la carne se
multiplicó en mi imaginación y mis quimeras a tal punto, que me convertí en una
verdadera y anónima escritora. Soy la poeta del deseo amordazado. No es que me
enorgullezca pero estoy tan segura del valor literario de mi obra, que si
tuviera alguna vez la oportunidad de darla a conocer, sin dudas sería un
best.-seller.
Las lunas llenas
me envenenan la
sangre. Durante la última, me encontraba yo tumbada entre los
tules y el colchón, cuando me asaltó un impulso del pecho y se me elevó al
cerebro para dejarme escuchar un nombre: Rahid. Las letras me humedecieron los
labios, una por una, y con los dedos urgentes recorrí algo de mis piernas hasta
dar con la computadora una vez más. Abrí la carpeta número cuatro del dos mil
cuatro y encontré el archivo con su nombre.
“Hijo de la
lumbre de mis ojos, te deseo.
Todos los jueves de mañana te veo arrastrar
el carro de tu venta, con manos poderosas y un sudor que quiero mío”.
Leyéndome,
lo recordé. Tanto y tan bien, que quise saberme más y me quedé leyendo hasta
que el sueño se llevó el relato para regalarme imágenes.
Es muy temprano en la mañana y desde esta
quietud de mi cuerpo puedo ver todas las caras y todos los contornos bellos que
en el pasado tuve que evitar contemplar. Presa hasta el cuello, pero libre en
los ojos por fin, sonrío y seduzco con lo que me queda de vida. Soy mujer por
vez primera, en el ocaso de mi existencia y en la potencia de mi juventud.
En dos horas
seré lapidada. A la vista del pueblo todo y me iré porque soy culpable. Olvidé
cerrar los archivos y mi diario íntimo fue la ira de Abdul. Esta es mi
maldición. Sin embargo, a la hora del final, sabré que todos ellos, mis amantes
del nunca-jamás, sentirán el ruido de mi piel en las venas, gemirán el dolor de
mis entrañas en las fibras de los huesos, como yo lo hice, una y mil veces, al
imaginarlos amándome y desnudos. Esta es mi bendición.
Romina Vitale
El misterio del sauce llorón ( relato)
De mi voz: Este texto también fue escrito en el marco de una consigna dada por Hugo, quien dirigía el taller de escritura al que asistí hace unos años. Recuerdo que le gustó especialmente...Espero que a ustedes también.
El misterio del sauce llorón
Era
la tarde de un sábado acechado por los fuegos de febrero en el sur, cuando
Antonio Pereira terminó de lustrar las pequeñas botas de un hijo que había
visto morir en el llano hacía quince años. El salón restaurante, herencia de
sus abuelos, gozaba del silencio amigable que bendice el campo cuando los
atardeceres son la misma cosa que las mañanas y la siesta se confunde con la
sinrazón de los sueños. Algunos de sus animales
lo esperaban amarrados al alambrado del terreno contiguo al comedor y otros
deambulaban la apacible llanura que le daba gusto a horizonte al paisaje, del
otro lado de la ruta.
Pereira era un
hombre de ley, demasiado flaco para sus cotidianas labores rurales pero con la
valentía suficiente como para haber defendido la tierra de sus antepasados toda
vez que la cercanía con la ruta pretendió aplicarle inyecciones de urbanidad. Ninguna
estación de servicio, burlándose de él en los planos de insensibles arquitectos
de la capital, conseguiría alterar la convicción de su entrecejo, la dignidad
de su pecho y la contundencia de la palabra mecida en una verdad histórica.
-Mis hijos van a
crecer rodeados de animales y leyendas-. Le juró Pereira al facón de su padre
mientras la tierra bajo sus pies comenzaba a llevárselo para siempre y así fue,
hasta que los hijos se hicieron hombres y se fueron a deshojar misterios con la
curiosidad de la ciudad en la punta de sus narices. Cada año regresaban tras la
primavera para compartir con su padre una porción de verano y un puñado de
noticias y descubrimientos de la vida citadina. Así
fue como Pereira descubrió algunas leyes del marketing que estudiaba Brian
Alberto en la universidad y algunas recetas de la gastronomía europea que traía
cada año en las manos Juan Antonio, el menor de sus muchachos.
Se
había acostumbrado a la soledad de las siestas ajenas con la práctica de
innumerables hábitos capitalinos siempre y cuando no provocaran la ira de su
sangre criolla. Cuando acababan por hacerlo abandonaba de un brinco su altísima
silla de madera y vociferaba para que todos los vientos y las voluntades del
campo le devolvieran su sentido de pertenencia. Aprendió que, cuanto más gauchesca
fuera la decoración de su local, mejor le sentaría a los clientes que, montados
en la fantasía de universalización del Martín Fierro, parecían no pretender
menos bar que una pulpería. Fue entonces
cuando, maldiciendo su desorientado sentido del negocio gastronómico, dedicó
varias lunas a redecorar la cantina. Castigando su espalda más de la cuenta,
despinchó guirnaldas de colores y posters con las fotos de películas
extranjeras para trocarlos por antiguos cuadros de gauchos mateando y fustas de
cuero que compró en una feria de antigüedades de un pueblo lindero. Tardó
varios dolores de cabeza y un sinfín de discusiones con el hijo universitario
para entender que el colorinche carnavalesco no lo acercaba a los gustos del
urbano si no más bien al bochorno de un vetusto sentido estético. Solo cuando
vio multiplicarse los flashes de las
pequeñas camaritas y el volumen de las comandas, se decidió a acomodarse el
bigote sobre el labio y reconocerle al crío su razón.
A la mujer que un día tuvo se la fue llevando la noche de un peón
embravecido con su cintura. Nadie lo entendió mejor que su conciencia de hombre
destinado al abandono. Por eso acabó haciéndose al gusto del silencio más
íntimo y a la lumbre y los aromas lentos del rocío de la hierba en los pies.
Aún
le respetaba al espíritu el ánimo de pasear a sus vaquillas por entre los
mismos árboles que se dejaron trepar por Santiago cuando estaba vivo como
ellos. La sola vista de los viejos troncos le ofrecía un ensueño de
continuidad, porque nada había cambiado entre las ramas y los frutos desde la
tragedia que puso el vicio lumínico de una tormenta al servicio del eterno
llorar del corazón de Pereira. Si la muerte no se había llevado el refugio del
niño, entonces quizás siguiera meciéndole las ganas de reír entre sus hojas. No
quedaban vestigios del hueco que el rayo mortífero había abierto en la tierra. Se recordaba
por allí que cuando el niño murió, su padre se fue con yegua y todo a vivir la
pena a un paso del pasto quemado y no movió ni la mueca hasta tanto varios días
después Don Arismendi dio con él y se lo llevó arrastrando de nuevo al pueblo. Cuando
la fiebre y el dolor de Pereira lo pusieron a desvariar y a escupir delirios,
los vecinos resolvieron esconder la evidencia con plantas y piedras nuevas.
Alberto
Arismendi era el hijo del que siempre reniegan las familias finas. Su capricho
le había quitado el dinero prometido por una herencia segura y ni el rubio de
su estirpe le quedaba ya en la cabeza calva por derecho y elección. Era el
mejor amigo de Pereira y el padrino de todos sus hijos, incluso del difunto
Santiago. No tenía más compañía que un par de vacas viejas y un enorme
televisor que fue el envío clandestino de una tía de la que nunca volvió a
saber. Le quedó de su elegante y atormentada infancia lo que no le pudo robar a
la memoria y tal vez para ver si se le quitaba de la lengua, se lo contó todo
al amigo tantas veces como el silencio forzado de ambos le dio el visto bueno.
Últimamente había comenzado a trabajar en
el negocio de Pereira. El tumulto semanal que andaba trayendo el nuevo gauchito
de madera en la puerta de la simulada pulpería, obligó al dueño a repartir las
tareas y el ingreso. A partir de
entonces los amigos se turnaron para atender la cocina y la clientela
hasta que fue evidente la habilidad de Arismendi para entretener el cansancio
de los viajantes y el buen criterio que habían dejado en las manos de Pereira
las clases de cocina. La fórmula contribuyó de tal modo al éxito del
restaurante que rápidamente hizo falta un tercer ayudante para dar abasto.
Hay
miradas que cuentan las verdades que se ahorran las bocas por pudor, mientras
otras bocas se humedecen porfiándole al
viento su derecho a la
sequía. Algo así pensó el estómago de Arismendi cuando le vio
el vestido amarillo a Marcela Gómez. La hija mayor del dueño de la panadería
acusó ser y le pidió trabajo, amparada por el cartel que solicitaba empleado en
la ventana de la cantina. Le hubiera querido contestar que cómo había
crecido, que la última vez que la había visto cuando ella vivía en el otro
pueblo, ¡qué barbaridad!, no era más que
una niñita, que ¿cómo podía ser?, que semejantes senos, que la cadera más
redonda y perfecta y le dijo que sí, por supuesto, estaba contratada.
No hizo falta explicarle a Pereira.
Cuando
la bombacha gris le ciñó a Marcela Gómez la cintura por primera vez, el amor le
aplastó la rebeldía a Arismendi para siempre.
No
hizo falta explicarle pero hizo cuentas. Un tormento antaño amordazado soltó
sus amarras y saltó de lo oscuro al claro presente, como un fantasma.
Esa mañana se
fue Pereira con un potrillo nuevo a perderle el rastro al remordimiento. Se
sentó bajo la sombrilla verde de un sauce y retomó las cuentas. La vida le
había puesto las tripas de un gran secreto a la vista y entonces se mordió los
labios hasta enrojecer de sangre el bigote y los dientes. Aunque los años
mantengan las vergüenzas ocultas, los números no mienten y las deudas de honor
con la propia historia son lo más crudo que se puede conversar con la conciencia. Esa
muchacha podía ser un viejo descuido de su entraña. Una hija de él, la media hermana
silenciada de sus hijos varones. Y ¿cómo le iba a hacer para estarse seguro?
Gritó en soledad para intentar entretener a los ojos vigías del llano y
postergar de algún modo la condena por venir. Si no tenia dudas, a decir
verdad...
María Clara
había sido la mujer con la
que Pereira se dio el permiso de engañar a la madre de los
tres frutos de su matrimonio. La culpa que siempre había sentido por traicionar
los mandatos de su lealtad le había hecho preferir popularizar una herida a su
hombría que delatarse. Cuando la esposa le entregó al peón el corazón deshecho
y se marchó del desengaño, movida por un odio que hasta le hizo olvidar que también
dejaba a sus propios hijos, Pereira se apuró a erigirse mártir y lloriqueó una
fábula engañosa que le limpió todo menos el alma. Apenas supo del embarazo de
su amante, borró con el codo la impureza de su mano y jamás volvió a nombrarla.
Ella no reclamó y a cambio se mudó a otro pueblo para no tener que beberse el
residuo del aire que respiraba Pereira.
La
vieja lavandería había sido comprada por un panadero foráneo hacía un par de
meses. El hombre traía consigo una hija y las marcas de su reciente viudez en
el entrecejo.
Pereira supo que María Clara se había
casado con un panadero de apellido Gómez pero le alcanzó el espanto de verse repetir
en el espejo las formas iguales del rostro de la niña aparecida. Era una
Pereira de ley. Y se estaba enamorando de su mejor amigo. ¿Qué cosa era esa que
le estaba sucediendo a su forma de armar la vida? ¿Qué se le estaba pidiendo?
Eso quiso saber a los gritos contra la
lluvia que le perforaba la
piel. Al pequeño
cimarrón el ardor del agua le golpeó el lomo y la voz lastimosa del amo le
pareció la orden para regresar al corral. Se hacía tarde y los clientes
estarían atiborrados frente al gauchito de madera tras el cual, pensó Pereira, debía estar brillándole la sangre de su sangre
a la joven Marcela. Le
rogó al cielo el favor de otro rayo mortal que lo llevara con Santiago a las
copas eternas de los sauces. No podía imaginarse otro paraíso más feliz. Quería
olvidarlo todo y compartir la inocencia del niño que fue su hijo menor.
Treparse con él a la liviana blancura de quien no tuvo a mal hacerse grande,
jugar a vaciar la mente de tanta amargura en conserva.
Ensimismado en
esa imperiosa fantasía, abrió los brazos y los dedos dejándole al pecho el
beneficio del temblor de los truenos. Se puso a mirar el árbol con la bruma del
agua en los ojos, dibujando formas animadas. Eran Santiago y él, uno tras otro
arañando la madera del sauce cuesta arriba. El niño lo llamaba y él cumplía. A
medida que avanzaba se le iban cayendo las ropas y los años, la memoria y los
tormentos, los errores y el hastío, lo bien y lo mal, lo duro y lo sombrío, lo
que no tuvo remedio. Subía y las mejillas se le ovalaban sonrojadas, los ojos
se deshacían del traje arrugado, con
nuevo fulgor. Trepaba y su cuerpo trocaba las manchas gastadas de su
vejez, por la turgencia transparente de
la piel de un niño. Pelusas noveles y gruesas azabache brotaban debajo del
sombrero que, enrarecido y gigante, se iba al suelo como todo lo demás. Rozando
los bordes de la cima verde con los pies pequeños y
desnudos, se iba embelezando con la vista del campo, vacío y perpetuo, palpitante
y tibio como un arrullo, húmedo como una boca de madre en beso, sin más
escritura y anécdota que el suave latir de capullos por brotar o la siembra por
venir.
El
grito plateado y grueso de la luz hundiéndose en la tierra, mandó a Arismendi
de inmediato al llano en busca de su amigo. Los restos de la luna ausente pintaban
su cabeza lisa y preocupada. Allí donde una vez las piedras enterraron la
tragedia de su ahijado, se abultaba ahora el cuerpo calcinado de su compadre. Lloró
de pie sin consuelo con una única pregunta oprimida en la garganta. Luego se
dejó consolar por el silencio, hasta que su ánimo aturdido atrapó las
carcajadas ondulantes de unos niños. Arismendi alzó la vista en torno a la
cumbre del sauce más alto y vio la silueta rosada de dos muchachitos jugar a
soplar gotas de lluvia como burbujas.
No hizo falta
explicarle. De inmediato supo, se hizo a la idea y guardo para siempre el
secreto.
A
partir de aquel día, los niños del pueblo se reúnen de cuando en cuando para
recibir de la sequía el misterio de unas gotas que, traviesas, les decoran los
hombros y las narices aliviando el calor, a la sombra risueña del sauce llorón.
Romina Vitale
Resonancia (texto)
De mi voz: Escribí este texto en el marco de un taller literario al que asistía, hace algunos años. A partir de la consigna, utilicé términos relativos a la música para hablar de un amor:
Resonancia
No pudimos amarnos en este escenario...a
pesar de los armónicos contactos de la piel, no debimos.
Seguramente me está esperando sin saberlo.
Lo acompaña sin volumen la estrofa que le prometí para otra vida. Sabe sin
oírse saber que me adora. Como un despliegue veloz de fusas descontroladas,
breves y confusas, así fue la melodía de nuestra introducción. Pero no hubo
director que se atreviera a conducir el desenlace. Recuerdo el hueco de mi
espalda trazando la forma adecuada para hacer de su brazo el arco de un violín
que aún solloza en mis sueños.
El delirio agudo de su boca redonda
sordinaba el bullicio de un afuera disonante. Éramos la cumbre de un preludio
sin más pausa que el eterno calderón de nuestro abrazo. Ël y yo, cuerda y
tensión, ensamble perfecto, tendidos y disfónicos, sostenidos y amantes sin
arreglo.
Me gustaba estirarme desde el diapasón que
trazaba su cintura tibia, rozar el tenor de su cuello con una melodía de
alabanza, pianísimo en su oído, solfeandole en un trino los planes que tenía
para nuestro futuro.
No pudimos...a pesar del dulzor amplificado
del dúo que comenzábamos a ser, aún contando con la eterna ligadura, con la
métrica perfecta de nuestros pasos iguales.
Se desarmó la belleza de nuestra sonata
deshilvanando el acuerdo, como un acorde obligado a resignar su sincronía para
perderse en un arpegio forzado.
Él y yo, siempre da capo. Mi lecho
acompasaba la certeza polifónica de nuestra pasíon.
Su perfume reverberaba en la humedad de mis
manos cifrando para siempre el destino de mi corazón.
No pudimos...le digo al alma cuando intento
rallentar la pena. Y
me quedo dormida tejiendo la ilusión de un futuro estribillo para semejante
hit.
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