sábado, 28 de diciembre de 2013

¿Y qué si? (prosa poética)

De mi voz: Tercer texto de la trilogía que incluye los relatos "Quiero, no quiero" y "Encantada" publicados en este blog.

¿Y qué si?

¿Y qué si quiero escribirte, aún sabiendo que no vas a contestar?
¿Y qué si pospongo los efectos devastadores de tu rechazo, con tal de abrirle paso a la fuente deliciosa de las palabras que quiero decirte? Las que tengo amordazadas, las que se aburren en el confinamiento a las órdenes de mi orgullo.
¿Y qué si me encomiendo a la torpe libertad de hacerte saber lo que siento? Pero sin demasiado estruendo, si en verdad lo que siento no es tan terrible, ni tan enorme. Si a decir verdad, tampoco es tan importante que sientas lo mismo. Porque tampoco es tan importante, ni tan intenso, ni tan profundo lo que siento. Es que tengo tantas ganas de probar la ruptura del filtro, como una loca descalza corriendo en la calle, sin más rumbo que el que indica la tibieza de los pies raspando el asfalto. Como una loca con un globo, que juega a perseguirlo aunque sabe que está amarrado a su mano.
Qué ganas de abandonar este relato sobre la libertad, para ir derechito a ponerla en acto.
¿Y qué si te digo que quiero verte porque me gustás? ¿Y qué si te invito a mi casa un rato?
¿Y qué si te digo que sospecho en tu sonrisa un gatillo inexorable al despertar de la mía?
¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que te asustes? ¿Que se desarme ablandado como un pedazo de manteca el poco impulso curioso que tenías hacia mí? ¿Que se inflame un poco más tu narcisismo, si es que eso fuera posible? ¿Que mis palabras acontezcan en la misma línea comprensiva en que tu mente almacena la poca importancia de miles de palabras parecidas, dichas por tantas otras mujeres?
¿Que me borres, bloquees, desestimes o denuncies? ¿Que corras a otro bar escondiéndote detrás de un par de gafas la próxima vez que me veas merendar por el barrio? Si de todos modos no te tengo.
Jugarte a la indiferencia no me sirve. En el territorio de mi fantasía, cualquier estrategia es inútil.
¿Y qué si doy un paso más y te cuento que imagino nuestro fracaso? ¿Y qué si te digo que intuyo muy probable aburrirme con vos, pasado un rato?
Qué ganas de escribirte ya mismo y jugar a que espero...y espero...y abrir cada dos minutos los ojos para saber si estás ahí leyéndome, para jugar a darle espacio a la chance de que me escribas para decirme que tenés unas ganas incontrolables de besarme. ¡Ay, qué bello regodeo!

"¡Hola! Tengo ganas de verte. Me gustás mucho. Me encantaría tenerte cerca y ver qué nos pasa. Es raro este mensaje pero muy lindo estar escribiéndolo. Ojalá te guste la idea. Ojalá te guste. Ojalá quieras. ¡Besote!"

Así, con desparpajo inadmisible, con la versión más impensable de mi derecho de expresión, con desatino pero sin vergüenza, como un descanso a mi deber de diva inalcanzable, como una falta de respeto a todos mis queridos remadores. Así no más, como un escándalo sin maquillaje en la foto de perfil, como una burla a los velos de un vestido de gala, con cuestionable ingenuidad y decidida elementalidad.

¿Y qué si sucede lo inverosímil? ¿Y qué si mi torpeza encaprichada tiene punzones eficientes?  ¿Y qué si el paso tosco era de espuma en la otra punta? Y qué si al final del hilo del globo de la loca descalza en la calle estás vos, enamorándote de mí?

viernes, 27 de diciembre de 2013

Encantada (prosa poética).

De mi voz: segundo texto de la trilogía que incluye el relato "Quiero, no quiero" (publicado en este blog el 26 de diciembre de 2013).

Encantada

En el estruendo de mis pánicos, en el reducto ridículo en el que impacta mi sillita, en la soledad, en la mirada perpleja de mis afectos, en mis angustias y mis confusiones, haría falta una boca como la tuya. Más bien tu boca.

Frente a la alerta del posible ocaso de mi voluntad, en mis fracasos tan múltiples y cotidianos, en mis recurrentes caídas, en el silente espacio que ocupo, haría falta una sonrisa como la tuya. Más bien tu sonrisa.

Y que me distraigan tus encantos de príncipe azul, y que me encomiende al armado de un plan espanta-obstáculos para acceder al roce, y que me cueste azucarado y se me ablande la mueca con tal de verme espléndida ante tus ojos posibles, y que me encante estar encantada.

En el sinsabor del tiempo perdido, en todas mis evitaciones compulsivas, en el bullicio estrepitoso de mis pensamientos deliroides, en el dolor de mis tormentos más incomprensibles, entre el jabón y las manos, las manos y el jabón, el agua y el papel, el papel y las manos, en el cansancio más devastador, en la caída y en cada enclenque puesta de pie, en mi llanto mullido, en mi habitación-laberinto, haría falta el abrazo de un pecho como el tuyo. O más bien tu pecho y tu abrazo.

Frente a la rígida estructura de mis tribulaciones, en mi andar cuasi-confuso con párpados tensos, en la desesperada impotencia de mi sentido común como testigo, en las incontables postergaciones pretendidamente obligatorias, haría falta una noche entera de besos como los tuyos. O más bien tus besos, una noche entera de estas.

Y que se imponga jerárquica tu proximidad, y que se insolen amuchados y en espera insospechada todos y cada uno de los pequeños textos intimidantes que me hostigan incansables, y que no se lave la ropa nueva por el apuro de estrenártela, y que no me aterre el suelo que debo andar ágil para encontrarte en un bar, y que todas las prudencias y los escrúpulos cubran mi espalda pero no mi panza, no mi boca, no mis mejillas, no mi lengua, no mis dedos disponibles al tibio y a lo húmedo.
Y que me encante, me libere, me ilumine, me baste, me sobre, me inunde, me alegre, me encante, me encante estar encantada.








jueves, 26 de diciembre de 2013

Quiero, no quiero (prosa poética)

De mi voz: una trilogía desordenada; aquí debajo, uno de tres relatos con el mismo tópico de inspiración.

Quiero, no quiero.

No quiero
dame boca, sólo labios de probar...

No quiero lidiar con toda la industria de tus dificultades,
dame hombros, sólo curvas que besar...

Es importante que sepas que para desearte, no preciso más que la arquitectura imprecisa de mis fantasías.

No es justo que me traigas a colación tu historia. Mucho menos tus vicios, tu aliento a la mañana, tu poca paciencia probable, tu agujero en el discurso. No quisiera tener que reducir mi marcha para hacerme entender por tus incógnitas, ni saberte averiado en los sitios que espero espléndidos.

Quedate así, a medio camino, rozador sutil, jamás de cara a mi cara lavada. Quedate así tan quieto que indigne. Dejá que la tierra siga desierta y seguí así, tirando sin fuerza muy de cuando en cuando, algún hueso que irrigue tu maqueta: el muñeco blando y dinámico que inventé con tu fachada de príncipe azul.

Qué lindo es tenerte tan de mentira; sin riesgo, sin costo, sin pena ni gloria. Qué fantástico es hacer de cuenta que algún día, quizás, e imaginar cómo sería si fueras el que juego a querer que seas para mí.

No te quedes pensando, no te hagás preguntas de más. Seguí observándome perplejo y olvidadizo. No sepas mi nombre, tantas veces quieras. No apagues mi derroche de ensueños creativos, con dosis elevadas de un bullicio al que me abstengo.

Te quiero en tanto sepas que no sé lo que quiero...

Te propongo que sigas durmiendo con otra. Así yo la espío gritar cuánto te ama y leo entre sus líneas muteadas su incertidumbre y sus tragos amargos.

Sólo dame un encuentro azaroso muy, pero muy cada tanto, para chupar de tus ojos deliciosos la tinta suficiente.







sábado, 14 de diciembre de 2013

Tocada (poesía)



De mi voz: algo que se parece más a poesía que a prosa, sin más técnica que la intuición estética de mis ganas de escribirme.

Tocada

Tocada
en el sentido de los dedos
y que la espalda relaje su curvatura
en el ámbito de una cama amorosamente lista.

Tocada
en dirección a las salientes de mis huesos (arropados de piel suave)
y que no me pese la desnudez, ni durante ni después
en el cobijo del abrazo a la incertidumbre.

Tocada
en consenso con la historia inspeccionada de las manos
y que me sepa más amante que amada
en la mordiente líquida de una sonrisa, por fin.

Tocada
en potestad de mi después a la mañana
y que me sepa a plenitud cualquier cosecha
en la brillante pequeñez de mis junturas.

Tocada
en el sentido de inducidos esplendores
y que sus labios sean al óleo y sin candado...

Tocada
en el sentido armónico y reparador del toque
y que la geometría se desenarbole...

Tocada
en los caudales de las recuperaciones
y que el sabor de mi sudor vuelva a mis dientes
en hora previa al sinsabor de ajenos dares.

Tocada
en el capricho de mis puntos numerados
y que las brisas sean el peso de la noche
en el dibujo de mujer que procuré.

Tocada
en el sentido de mi adentro
y que no quede ausencia muda cuando sale
enhorabuena algo más tarde, con café.

Tocada
en la extensión involuntaria del deseo
y que no dañe la marea el dique viejo
en vides mías auto-endúlceme en mis mares.

Tocada
en la inversión de las urgencias aprendidas
y que no duela, que no aturda, que no alarme,
en suave anuencia retomarme. Amanecer

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Una vez por año (prosa poética)

De mi voz: he aquí el resultado de la maravillosa experiencia de escribir con el frescor de la experiencia a flor de piel. Me refiero a los relatos que le suceden a la vivencia emocional, como en una diacronía casi ininterrumpida. Espero que entonces tenga la intensidad vívida que le pretendo.

Una vez por año

No sé cómo escribirte. No sé cómo abordarte. No sé cómo escribirte porque no sé cómo escribirme escribiéndote. Ese es el punto, para ser honesta. Se me gasta el ímpetu de sólo echarle un vistazo a la maraña que somos. Y somos (en nuestra interacción) una gran madeja aunque, a veces, parezcamos tan poca cosa. Esa cosa poquísima que somos cada vez que andan codo a codo en silencio nuestras dificultades, acompañándose. Ese cúmulo descolorido de un amor tan profundo que se agota en el intento de no ser. Se deshilvana, pero no se rinde.
No sé cómo decirte con certeza lo que sé porque mi boca está húmeda de incertidumbre.
Si mis razones (que las tengo) y mis entusiasmos (que no son metafóricos) se tiran de cabeza a una olla vacía de caldo, y vos me mirás. No sé qué mirás, siempre celeste, siempre difuso.

Y es tan claro que no alcanza, que no sirve, que no somos, que no hay modo y que es en vano.
Y es tan ridículo e inconveniente aceptarme transpirando entre tus manos y tu panza. Y es tan incómodo saberme tan a gusto acariciada por tus bordes. Que me guste tanto es tan incómodo. Y tan inconveniente.
Porque es tan claro, y tan ridículo, y tan incómodo y tan inconveniente.
Que hasta, a veces, me creo que si colás entre tu paso débil una ráfaga de fuerza vital quizás la tome, y me baste. Para amarte, aunque sea ridículo.

Y yo, siempre viendo el espejismo de manantiales en desiertos. O lamentando arideces donde en verdad hay campos fértiles. Lo confundo todo.
Si al menos pudiera desestimar el brío, quitar de consideración la ola de piel que asoma, entonces sería legítimamente ridículo, incómodo e inconveniente. Pero no lo es.

Una vez por año, te invito a hombre. Una vez por año me llamo a mujer, para vos.
Una vez por año me suelto la mordaza, aflojo un poco los nudillos y te sonrío.
Una vez por año explota el caudal anatómico de tus virtudes suaves y feroces, para mí.
Y somos tan lindos ahí: en ese punto de obviedad que ambos, digo los dos, desechamos porque es ridículo tolerarnos tan obviamente hermosos.

¿Cómo no insistirle tercamente a la contundencia creativa de tus manos sobre 4, 5 ó 6, que extienda el rango hacia mi complejo encordado y por fin haga sonar alguna melodía que nos quepa fácil y alivie el bullicio?...Una o dos octavas más arriba de tus cancinas consideraciones.
Sé que nunca me tenés, como querés, precisa y ecualizada.
Y yo nunca te tengo como quiero, afinado y amplificado.

Pero se me ocurre que este relato debiera también ofrecerse como una aclaración: la desmentida violenta a esa poca cosa que deben creer los demás que somos.
Este es el texto homenaje a la gota dulce, gigante y ridícula que se exhibe una vez por año. Es el galardón lírico a nuestra imponente y mágica revolución anual.
Hasta que nos proclamamos en silencio, en fracaso, en poca cosa, otra vez.

Porque es tan claro, y tan ridículo, y tan incómodo y tan inconveniente.

No sirve. No hay modo. Te extraño. Vení.