De mi voz: he aquí el resultado de la maravillosa experiencia de escribir con el frescor de la experiencia a flor de piel. Me refiero a los relatos que le suceden a la vivencia emocional, como en una diacronía casi ininterrumpida. Espero que entonces tenga la intensidad vívida que le pretendo.
Una vez por año
No sé cómo escribirte. No sé cómo abordarte. No sé cómo escribirte porque no sé cómo escribirme escribiéndote. Ese es el punto, para ser honesta. Se me gasta el ímpetu de sólo echarle un vistazo a la maraña que somos. Y somos (en nuestra interacción) una gran madeja aunque, a veces, parezcamos tan poca cosa. Esa cosa poquísima que somos cada vez que andan codo a codo en silencio nuestras dificultades, acompañándose. Ese cúmulo descolorido de un amor tan profundo que se agota en el intento de no ser. Se deshilvana, pero no se rinde.
No sé cómo decirte con certeza lo que sé porque mi boca está húmeda de incertidumbre.
Si mis razones (que las tengo) y mis entusiasmos (que no son metafóricos) se tiran de cabeza a una olla vacía de caldo, y vos me mirás. No sé qué mirás, siempre celeste, siempre difuso.
Y es tan claro que no alcanza, que no sirve, que no somos, que no hay modo y que es en vano.
Y es tan ridículo e inconveniente aceptarme transpirando entre tus manos y tu panza. Y es tan incómodo saberme tan a gusto acariciada por tus bordes. Que me guste tanto es tan incómodo. Y tan inconveniente.
Porque es tan claro, y tan ridículo, y tan incómodo y tan inconveniente.
Que hasta, a veces, me creo que si colás entre tu paso débil una ráfaga de fuerza vital quizás la tome, y me baste. Para amarte, aunque sea ridículo.
Y yo, siempre viendo el espejismo de manantiales en desiertos. O lamentando arideces donde en verdad hay campos fértiles. Lo confundo todo.
Si al menos pudiera desestimar el brío, quitar de consideración la ola de piel que asoma, entonces sería legítimamente ridículo, incómodo e inconveniente. Pero no lo es.
Una vez por año, te invito a hombre. Una vez por año me llamo a mujer, para vos.
Una vez por año me suelto la mordaza, aflojo un poco los nudillos y te sonrío.
Una vez por año explota el caudal anatómico de tus virtudes suaves y feroces, para mí.
Y somos tan lindos ahí: en ese punto de obviedad que ambos, digo los dos, desechamos porque es ridículo tolerarnos tan obviamente hermosos.
¿Cómo no insistirle tercamente a la contundencia creativa de tus manos sobre 4, 5 ó 6, que extienda el rango hacia mi complejo encordado y por fin haga sonar alguna melodía que nos quepa fácil y alivie el bullicio?...Una o dos octavas más arriba de tus cancinas consideraciones.
Sé que nunca me tenés, como querés, precisa y ecualizada.
Y yo nunca te tengo como quiero, afinado y amplificado.
Pero se me ocurre que este relato debiera también ofrecerse como una aclaración: la desmentida violenta a esa poca cosa que deben creer los demás que somos.
Este es el texto homenaje a la gota dulce, gigante y ridícula que se exhibe una vez por año. Es el galardón lírico a nuestra imponente y mágica revolución anual.
Hasta que nos proclamamos en silencio, en fracaso, en poca cosa, otra vez.
Porque es tan claro, y tan ridículo, y tan incómodo y tan inconveniente.
No sirve. No hay modo. Te extraño. Vení.
sin agregar nada, muy lindo Ro...
ResponderEliminarno... no descubro la trama personal...
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