martes, 8 de enero de 2013

Lapidada


  De mi voz: Otro texto de taller. En lo particular, me resulta un poco escalofriante. Dudé en publicarlo, pero creo que en su andar y en su síntesis tiene mucha dulzura.

                                 Lapidada

Por eso nunca guardo lo que escribo en mi diario. Por eso tengo un diario virtual. De esos que se atesoran en un disco rígido con clave privada. A los papeles nunca los devora el tiempo y la mayoría de las memorias tienen el poder de reanimar las tintas ocultas.

Nuestro vínculo está repleto de oscuridad. Como a pesar de todo nos queremos, decidí dedicar todos estos años a mancillar  mi identidad, postergar mis proyectos y sobre adaptarme  a un sistema de control celotípico que a veces me deja el cuerpo pequeño como una oruga. Por eso nunca dejo a la vista lo que escribo con la complicidad del alma. Se me prohibe cualquier contacto con el mundo exterior. Claro que es una condición histórica de nuestra cultura pero cabe decir que los mensajes urgentes que una mujer se escribe a si misma en la vida, también cuentan con las verificaciones de la historia y la eterna tradición que construyen los vientres oprimidos.
           
Es una obviedad aclarar que jamás engañé a Abdul. Sin embargo, lo que tuvo vedado la carne se multiplicó en mi imaginación y mis quimeras a tal punto, que me convertí en una verdadera y anónima escritora. Soy la poeta del deseo amordazado. No es que me enorgullezca pero estoy tan segura del valor literario de mi obra, que si tuviera alguna vez la oportunidad de darla a conocer, sin dudas sería un best.-seller.
           
Las lunas llenas me envenenan la sangre. Durante la última, me encontraba yo tumbada entre los tules y el colchón, cuando me asaltó un impulso del pecho y se me elevó al cerebro para dejarme escuchar un nombre: Rahid. Las letras me humedecieron los labios, una por una, y con los dedos urgentes recorrí algo de mis piernas hasta dar con la computadora una vez más. Abrí la carpeta número cuatro del dos mil cuatro y encontré el archivo con su nombre.

“Hijo de la lumbre de mis ojos, te deseo.
Todos los jueves de mañana te veo arrastrar el carro de tu venta, con manos poderosas y un sudor que quiero mío”.

            Leyéndome, lo recordé. Tanto y tan bien, que quise saberme más y me quedé leyendo hasta que el sueño se llevó el relato para regalarme imágenes.
Es muy temprano en la mañana y desde esta quietud de mi cuerpo puedo ver todas las caras y todos los contornos bellos que en el pasado tuve que evitar contemplar. Presa hasta el cuello, pero libre en los ojos por fin, sonrío y seduzco con lo que me queda de vida. Soy mujer por vez primera, en el ocaso de mi existencia y en la potencia de mi juventud.

En dos horas seré lapidada. A la vista del pueblo todo y me iré porque soy culpable. Olvidé cerrar los archivos y mi diario íntimo fue la ira de Abdul. Esta es mi maldición. Sin embargo, a la hora del final, sabré que todos ellos, mis amantes del nunca-jamás, sentirán el ruido de mi piel en las venas, gemirán el dolor de mis entrañas en las fibras de los huesos, como yo lo hice, una y mil veces, al imaginarlos amándome y desnudos. Esta es mi bendición.

                                                                       Romina Vitale

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