El misterio del sauce llorón
Era
la tarde de un sábado acechado por los fuegos de febrero en el sur, cuando
Antonio Pereira terminó de lustrar las pequeñas botas de un hijo que había
visto morir en el llano hacía quince años. El salón restaurante, herencia de
sus abuelos, gozaba del silencio amigable que bendice el campo cuando los
atardeceres son la misma cosa que las mañanas y la siesta se confunde con la
sinrazón de los sueños. Algunos de sus animales
lo esperaban amarrados al alambrado del terreno contiguo al comedor y otros
deambulaban la apacible llanura que le daba gusto a horizonte al paisaje, del
otro lado de la ruta.
Pereira era un
hombre de ley, demasiado flaco para sus cotidianas labores rurales pero con la
valentía suficiente como para haber defendido la tierra de sus antepasados toda
vez que la cercanía con la ruta pretendió aplicarle inyecciones de urbanidad. Ninguna
estación de servicio, burlándose de él en los planos de insensibles arquitectos
de la capital, conseguiría alterar la convicción de su entrecejo, la dignidad
de su pecho y la contundencia de la palabra mecida en una verdad histórica.
-Mis hijos van a
crecer rodeados de animales y leyendas-. Le juró Pereira al facón de su padre
mientras la tierra bajo sus pies comenzaba a llevárselo para siempre y así fue,
hasta que los hijos se hicieron hombres y se fueron a deshojar misterios con la
curiosidad de la ciudad en la punta de sus narices. Cada año regresaban tras la
primavera para compartir con su padre una porción de verano y un puñado de
noticias y descubrimientos de la vida citadina. Así
fue como Pereira descubrió algunas leyes del marketing que estudiaba Brian
Alberto en la universidad y algunas recetas de la gastronomía europea que traía
cada año en las manos Juan Antonio, el menor de sus muchachos.
Se
había acostumbrado a la soledad de las siestas ajenas con la práctica de
innumerables hábitos capitalinos siempre y cuando no provocaran la ira de su
sangre criolla. Cuando acababan por hacerlo abandonaba de un brinco su altísima
silla de madera y vociferaba para que todos los vientos y las voluntades del
campo le devolvieran su sentido de pertenencia. Aprendió que, cuanto más gauchesca
fuera la decoración de su local, mejor le sentaría a los clientes que, montados
en la fantasía de universalización del Martín Fierro, parecían no pretender
menos bar que una pulpería. Fue entonces
cuando, maldiciendo su desorientado sentido del negocio gastronómico, dedicó
varias lunas a redecorar la cantina. Castigando su espalda más de la cuenta,
despinchó guirnaldas de colores y posters con las fotos de películas
extranjeras para trocarlos por antiguos cuadros de gauchos mateando y fustas de
cuero que compró en una feria de antigüedades de un pueblo lindero. Tardó
varios dolores de cabeza y un sinfín de discusiones con el hijo universitario
para entender que el colorinche carnavalesco no lo acercaba a los gustos del
urbano si no más bien al bochorno de un vetusto sentido estético. Solo cuando
vio multiplicarse los flashes de las
pequeñas camaritas y el volumen de las comandas, se decidió a acomodarse el
bigote sobre el labio y reconocerle al crío su razón.
A la mujer que un día tuvo se la fue llevando la noche de un peón
embravecido con su cintura. Nadie lo entendió mejor que su conciencia de hombre
destinado al abandono. Por eso acabó haciéndose al gusto del silencio más
íntimo y a la lumbre y los aromas lentos del rocío de la hierba en los pies.
Aún
le respetaba al espíritu el ánimo de pasear a sus vaquillas por entre los
mismos árboles que se dejaron trepar por Santiago cuando estaba vivo como
ellos. La sola vista de los viejos troncos le ofrecía un ensueño de
continuidad, porque nada había cambiado entre las ramas y los frutos desde la
tragedia que puso el vicio lumínico de una tormenta al servicio del eterno
llorar del corazón de Pereira. Si la muerte no se había llevado el refugio del
niño, entonces quizás siguiera meciéndole las ganas de reír entre sus hojas. No
quedaban vestigios del hueco que el rayo mortífero había abierto en la tierra. Se recordaba
por allí que cuando el niño murió, su padre se fue con yegua y todo a vivir la
pena a un paso del pasto quemado y no movió ni la mueca hasta tanto varios días
después Don Arismendi dio con él y se lo llevó arrastrando de nuevo al pueblo. Cuando
la fiebre y el dolor de Pereira lo pusieron a desvariar y a escupir delirios,
los vecinos resolvieron esconder la evidencia con plantas y piedras nuevas.
Alberto
Arismendi era el hijo del que siempre reniegan las familias finas. Su capricho
le había quitado el dinero prometido por una herencia segura y ni el rubio de
su estirpe le quedaba ya en la cabeza calva por derecho y elección. Era el
mejor amigo de Pereira y el padrino de todos sus hijos, incluso del difunto
Santiago. No tenía más compañía que un par de vacas viejas y un enorme
televisor que fue el envío clandestino de una tía de la que nunca volvió a
saber. Le quedó de su elegante y atormentada infancia lo que no le pudo robar a
la memoria y tal vez para ver si se le quitaba de la lengua, se lo contó todo
al amigo tantas veces como el silencio forzado de ambos le dio el visto bueno.
Últimamente había comenzado a trabajar en
el negocio de Pereira. El tumulto semanal que andaba trayendo el nuevo gauchito
de madera en la puerta de la simulada pulpería, obligó al dueño a repartir las
tareas y el ingreso. A partir de
entonces los amigos se turnaron para atender la cocina y la clientela
hasta que fue evidente la habilidad de Arismendi para entretener el cansancio
de los viajantes y el buen criterio que habían dejado en las manos de Pereira
las clases de cocina. La fórmula contribuyó de tal modo al éxito del
restaurante que rápidamente hizo falta un tercer ayudante para dar abasto.
Hay
miradas que cuentan las verdades que se ahorran las bocas por pudor, mientras
otras bocas se humedecen porfiándole al
viento su derecho a la
sequía. Algo así pensó el estómago de Arismendi cuando le vio
el vestido amarillo a Marcela Gómez. La hija mayor del dueño de la panadería
acusó ser y le pidió trabajo, amparada por el cartel que solicitaba empleado en
la ventana de la cantina. Le hubiera querido contestar que cómo había
crecido, que la última vez que la había visto cuando ella vivía en el otro
pueblo, ¡qué barbaridad!, no era más que
una niñita, que ¿cómo podía ser?, que semejantes senos, que la cadera más
redonda y perfecta y le dijo que sí, por supuesto, estaba contratada.
No hizo falta explicarle a Pereira.
Cuando
la bombacha gris le ciñó a Marcela Gómez la cintura por primera vez, el amor le
aplastó la rebeldía a Arismendi para siempre.
No
hizo falta explicarle pero hizo cuentas. Un tormento antaño amordazado soltó
sus amarras y saltó de lo oscuro al claro presente, como un fantasma.
Esa mañana se
fue Pereira con un potrillo nuevo a perderle el rastro al remordimiento. Se
sentó bajo la sombrilla verde de un sauce y retomó las cuentas. La vida le
había puesto las tripas de un gran secreto a la vista y entonces se mordió los
labios hasta enrojecer de sangre el bigote y los dientes. Aunque los años
mantengan las vergüenzas ocultas, los números no mienten y las deudas de honor
con la propia historia son lo más crudo que se puede conversar con la conciencia. Esa
muchacha podía ser un viejo descuido de su entraña. Una hija de él, la media hermana
silenciada de sus hijos varones. Y ¿cómo le iba a hacer para estarse seguro?
Gritó en soledad para intentar entretener a los ojos vigías del llano y
postergar de algún modo la condena por venir. Si no tenia dudas, a decir
verdad...
María Clara
había sido la mujer con la
que Pereira se dio el permiso de engañar a la madre de los
tres frutos de su matrimonio. La culpa que siempre había sentido por traicionar
los mandatos de su lealtad le había hecho preferir popularizar una herida a su
hombría que delatarse. Cuando la esposa le entregó al peón el corazón deshecho
y se marchó del desengaño, movida por un odio que hasta le hizo olvidar que también
dejaba a sus propios hijos, Pereira se apuró a erigirse mártir y lloriqueó una
fábula engañosa que le limpió todo menos el alma. Apenas supo del embarazo de
su amante, borró con el codo la impureza de su mano y jamás volvió a nombrarla.
Ella no reclamó y a cambio se mudó a otro pueblo para no tener que beberse el
residuo del aire que respiraba Pereira.
La
vieja lavandería había sido comprada por un panadero foráneo hacía un par de
meses. El hombre traía consigo una hija y las marcas de su reciente viudez en
el entrecejo.
Pereira supo que María Clara se había
casado con un panadero de apellido Gómez pero le alcanzó el espanto de verse repetir
en el espejo las formas iguales del rostro de la niña aparecida. Era una
Pereira de ley. Y se estaba enamorando de su mejor amigo. ¿Qué cosa era esa que
le estaba sucediendo a su forma de armar la vida? ¿Qué se le estaba pidiendo?
Eso quiso saber a los gritos contra la
lluvia que le perforaba la
piel. Al pequeño
cimarrón el ardor del agua le golpeó el lomo y la voz lastimosa del amo le
pareció la orden para regresar al corral. Se hacía tarde y los clientes
estarían atiborrados frente al gauchito de madera tras el cual, pensó Pereira, debía estar brillándole la sangre de su sangre
a la joven Marcela. Le
rogó al cielo el favor de otro rayo mortal que lo llevara con Santiago a las
copas eternas de los sauces. No podía imaginarse otro paraíso más feliz. Quería
olvidarlo todo y compartir la inocencia del niño que fue su hijo menor.
Treparse con él a la liviana blancura de quien no tuvo a mal hacerse grande,
jugar a vaciar la mente de tanta amargura en conserva.
Ensimismado en
esa imperiosa fantasía, abrió los brazos y los dedos dejándole al pecho el
beneficio del temblor de los truenos. Se puso a mirar el árbol con la bruma del
agua en los ojos, dibujando formas animadas. Eran Santiago y él, uno tras otro
arañando la madera del sauce cuesta arriba. El niño lo llamaba y él cumplía. A
medida que avanzaba se le iban cayendo las ropas y los años, la memoria y los
tormentos, los errores y el hastío, lo bien y lo mal, lo duro y lo sombrío, lo
que no tuvo remedio. Subía y las mejillas se le ovalaban sonrojadas, los ojos
se deshacían del traje arrugado, con
nuevo fulgor. Trepaba y su cuerpo trocaba las manchas gastadas de su
vejez, por la turgencia transparente de
la piel de un niño. Pelusas noveles y gruesas azabache brotaban debajo del
sombrero que, enrarecido y gigante, se iba al suelo como todo lo demás. Rozando
los bordes de la cima verde con los pies pequeños y
desnudos, se iba embelezando con la vista del campo, vacío y perpetuo, palpitante
y tibio como un arrullo, húmedo como una boca de madre en beso, sin más
escritura y anécdota que el suave latir de capullos por brotar o la siembra por
venir.
El
grito plateado y grueso de la luz hundiéndose en la tierra, mandó a Arismendi
de inmediato al llano en busca de su amigo. Los restos de la luna ausente pintaban
su cabeza lisa y preocupada. Allí donde una vez las piedras enterraron la
tragedia de su ahijado, se abultaba ahora el cuerpo calcinado de su compadre. Lloró
de pie sin consuelo con una única pregunta oprimida en la garganta. Luego se
dejó consolar por el silencio, hasta que su ánimo aturdido atrapó las
carcajadas ondulantes de unos niños. Arismendi alzó la vista en torno a la
cumbre del sauce más alto y vio la silueta rosada de dos muchachitos jugar a
soplar gotas de lluvia como burbujas.
No hizo falta
explicarle. De inmediato supo, se hizo a la idea y guardo para siempre el
secreto.
A
partir de aquel día, los niños del pueblo se reúnen de cuando en cuando para
recibir de la sequía el misterio de unas gotas que, traviesas, les decoran los
hombros y las narices aliviando el calor, a la sombra risueña del sauce llorón.
Romina Vitale
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