martes, 8 de enero de 2013

El misterio del sauce llorón ( relato)

De mi voz: Este texto también fue escrito en el marco de una consigna dada por Hugo, quien dirigía el taller de escritura al que asistí hace unos años. Recuerdo que le gustó especialmente...Espero que a ustedes también.


El misterio del sauce llorón
            Era la tarde de un sábado acechado por los fuegos de febrero en el sur, cuando Antonio Pereira terminó de lustrar las pequeñas botas de un hijo que había visto morir en el llano hacía quince años. El salón restaurante, herencia de sus abuelos, gozaba del silencio amigable que bendice el campo cuando los atardeceres son la misma cosa que las mañanas y la siesta se confunde con la sinrazón de los sueños. Algunos de sus animales lo esperaban amarrados al alambrado del terreno contiguo al comedor y otros deambulaban la apacible llanura que le daba gusto a horizonte al paisaje, del otro lado de la ruta.

Pereira era un hombre de ley, demasiado flaco para sus cotidianas labores rurales pero con la valentía suficiente como para haber defendido la tierra de sus antepasados toda vez que la cercanía con la ruta pretendió aplicarle inyecciones de urbanidad. Ninguna estación de servicio, burlándose de él en los planos de insensibles arquitectos de la capital, conseguiría alterar la convicción de su entrecejo, la dignidad de su pecho y la contundencia de la palabra mecida en una verdad histórica.
-Mis hijos van a crecer rodeados de animales y leyendas-. Le juró Pereira al facón de su padre mientras la tierra bajo sus pies comenzaba a llevárselo para siempre y así fue, hasta que los hijos se hicieron hombres y se fueron a deshojar misterios con la curiosidad de la ciudad en la punta de sus narices. Cada año regresaban tras la primavera para compartir con su padre una porción de verano y un puñado de noticias y descubrimientos de la vida citadina. Así fue como Pereira descubrió algunas leyes del marketing que estudiaba Brian Alberto en la universidad y algunas recetas de la gastronomía europea que traía cada año en las manos Juan Antonio, el menor de sus muchachos.

            Se había acostumbrado a la soledad de las siestas ajenas con la práctica de innumerables hábitos capitalinos siempre y cuando no provocaran la ira de su sangre criolla. Cuando acababan por hacerlo abandonaba de un brinco su altísima silla de madera y vociferaba para que todos los vientos y las voluntades del campo le devolvieran su sentido de pertenencia. Aprendió que, cuanto más gauchesca fuera la decoración de su local, mejor le sentaría a los clientes que, montados en la fantasía de universalización del Martín Fierro, parecían no pretender menos bar que una pulpería. Fue  entonces cuando, maldiciendo su desorientado sentido del negocio gastronómico, dedicó varias lunas a redecorar la cantina. Castigando su espalda más de la cuenta, despinchó guirnaldas de colores y posters con las fotos de películas extranjeras para trocarlos por antiguos cuadros de gauchos mateando y fustas de cuero que compró en una feria de antigüedades de un pueblo lindero. Tardó varios dolores de cabeza y un sinfín de discusiones con el hijo universitario para entender que el colorinche carnavalesco no lo acercaba a los gustos del urbano si no más bien al bochorno de un vetusto sentido estético. Solo cuando vio multiplicarse los flashes de las pequeñas camaritas y el volumen de las comandas, se decidió a acomodarse el bigote sobre el labio y reconocerle al crío su razón.


            A la mujer que un día tuvo se la fue llevando la noche de un peón embravecido con su cintura. Nadie lo entendió mejor que su conciencia de hombre destinado al abandono. Por eso acabó haciéndose al gusto del silencio más íntimo y a la lumbre y los aromas lentos del rocío de la hierba en los pies.
            Aún le respetaba al espíritu el ánimo de pasear a sus vaquillas por entre los mismos árboles que se dejaron trepar por Santiago cuando estaba vivo como ellos. La sola vista de los viejos troncos le ofrecía un ensueño de continuidad, porque nada había cambiado entre las ramas y los frutos desde la tragedia que puso el vicio lumínico de una tormenta al servicio del eterno llorar del corazón de Pereira. Si la muerte no se había llevado el refugio del niño, entonces quizás siguiera meciéndole las ganas de reír entre sus hojas. No quedaban vestigios del hueco que el rayo mortífero había abierto en la tierra. Se recordaba por allí que cuando el niño murió, su padre se fue con yegua y todo a vivir la pena a un paso del pasto quemado y no movió ni la mueca hasta tanto varios días después Don Arismendi dio con él y se lo llevó arrastrando de nuevo al pueblo. Cuando la fiebre y el dolor de Pereira lo pusieron a desvariar y a escupir delirios, los vecinos resolvieron esconder la evidencia con plantas y piedras nuevas.
           
Alberto Arismendi era el hijo del que siempre reniegan las familias finas. Su capricho le había quitado el dinero prometido por una herencia segura y ni el rubio de su estirpe le quedaba ya en la cabeza calva por derecho y elección. Era el mejor amigo de Pereira y el padrino de todos sus hijos, incluso del difunto Santiago. No tenía más compañía que un par de vacas viejas y un enorme televisor que fue el envío clandestino de una tía de la que nunca volvió a saber. Le quedó de su elegante y atormentada infancia lo que no le pudo robar a la memoria y tal vez para ver si se le quitaba de la lengua, se lo contó todo al amigo tantas veces como el silencio forzado de ambos le dio el visto bueno.
Últimamente había comenzado a trabajar en el negocio de Pereira. El tumulto semanal que andaba trayendo el nuevo gauchito de madera en la puerta de la simulada pulpería, obligó al dueño a repartir las tareas y el ingreso. A partir de  entonces los amigos se turnaron para atender la cocina y la clientela hasta que fue evidente la habilidad de Arismendi para entretener el cansancio de los viajantes y el buen criterio que habían dejado en las manos de Pereira las clases de cocina. La fórmula contribuyó de tal modo al éxito del restaurante que rápidamente hizo falta un tercer ayudante para dar abasto.

            Hay miradas que cuentan las verdades que se ahorran las bocas por pudor, mientras otras  bocas se humedecen porfiándole al viento su derecho a la sequía. Algo así pensó el estómago de Arismendi cuando le vio el vestido amarillo a Marcela Gómez. La hija mayor del dueño de la panadería acusó ser y le pidió trabajo, amparada por el cartel que solicitaba empleado en la ventana de la cantina. Le  hubiera querido contestar que cómo había crecido, que la última vez que la había visto cuando ella vivía en el otro pueblo, ¡qué  barbaridad!, no era más que una niñita, que ¿cómo podía ser?, que semejantes senos, que la cadera más redonda y perfecta y le dijo que sí, por supuesto, estaba contratada.

No hizo falta explicarle a Pereira. 

            Cuando la bombacha gris le ciñó a Marcela Gómez la cintura por primera vez, el amor le aplastó la rebeldía a Arismendi para siempre.

            No hizo falta explicarle pero hizo cuentas. Un tormento antaño amordazado soltó sus amarras y saltó de lo oscuro al claro presente, como un fantasma.
           
Esa mañana se fue Pereira con un potrillo nuevo a perderle el rastro al remordimiento. Se sentó bajo la sombrilla verde de un sauce y retomó las cuentas. La vida le había puesto las tripas de un gran secreto a la vista y entonces se mordió los labios hasta enrojecer de sangre el bigote y los dientes. Aunque los años mantengan las vergüenzas ocultas, los números no mienten y las deudas de honor con la propia historia son lo más crudo que se puede conversar con la conciencia. Esa muchacha podía ser un viejo descuido de su entraña. Una hija de él, la media hermana silenciada de sus hijos varones. Y ¿cómo le iba a hacer para estarse seguro? Gritó en soledad para intentar entretener a los ojos vigías del llano y postergar de algún modo la condena por venir. Si no tenia dudas, a decir verdad...
           
María Clara había sido la mujer con la que Pereira se dio el permiso de engañar a la madre de los tres frutos de su matrimonio. La culpa que siempre había sentido por traicionar los mandatos de su lealtad le había hecho preferir popularizar una herida a su hombría que delatarse. Cuando la esposa le entregó al peón el corazón deshecho y se marchó del desengaño, movida por un odio que hasta le hizo olvidar que también dejaba a sus propios hijos, Pereira se apuró a erigirse mártir y lloriqueó una fábula engañosa que le limpió todo menos el alma. Apenas supo del embarazo de su amante, borró con el codo la impureza de su mano y jamás volvió a nombrarla. Ella no reclamó y a cambio se mudó a otro pueblo para no tener que beberse el residuo del aire que respiraba Pereira.

            La vieja lavandería había sido comprada por un panadero foráneo hacía un par de meses. El hombre traía consigo una hija y las marcas de su reciente viudez en el entrecejo.
Pereira supo que María Clara se había casado con un panadero de apellido Gómez pero le alcanzó el espanto de verse repetir en el espejo las formas iguales del rostro de la niña aparecida. Era una Pereira de ley. Y se estaba enamorando de su mejor amigo. ¿Qué cosa era esa que le estaba sucediendo a su forma de armar la vida? ¿Qué se le estaba pidiendo?
Eso quiso saber a los gritos contra la lluvia que le perforaba la piel.  Al pequeño cimarrón el ardor del agua le golpeó el lomo y la voz lastimosa del amo le pareció la orden para regresar al corral. Se hacía tarde y los clientes estarían atiborrados frente al gauchito de madera tras el cual, pensó Pereira,  debía estar brillándole la sangre de su sangre a la joven Marcela. Le rogó al cielo el favor de otro rayo mortal que lo llevara con Santiago a las copas eternas de los sauces. No podía imaginarse otro paraíso más feliz. Quería olvidarlo todo y compartir la inocencia del niño que fue su hijo menor. Treparse con él a la liviana blancura de quien no tuvo a mal hacerse grande, jugar a vaciar la mente de tanta amargura en conserva.
           
Ensimismado en esa imperiosa fantasía, abrió los brazos y los dedos dejándole al pecho el beneficio del temblor de los truenos. Se puso a mirar el árbol con la bruma del agua en los ojos, dibujando formas animadas. Eran Santiago y él, uno tras otro arañando la madera del sauce cuesta arriba. El niño lo llamaba y él cumplía. A medida que avanzaba se le iban cayendo las ropas y los años, la memoria y los tormentos, los errores y el hastío, lo bien y lo mal, lo duro y lo sombrío, lo que no tuvo remedio. Subía y las mejillas se le ovalaban sonrojadas, los ojos se  deshacían del traje arrugado, con nuevo fulgor. Trepaba y su cuerpo trocaba las manchas gastadas de su vejez,  por la turgencia transparente de la piel de un niño. Pelusas noveles y gruesas azabache brotaban debajo del sombrero que, enrarecido y gigante, se iba al suelo como todo lo demás. Rozando los bordes de la cima verde con los pies pequeños y desnudos, se iba embelezando con la vista del campo, vacío y perpetuo, palpitante y tibio como un arrullo, húmedo como una boca de madre en beso, sin más escritura y anécdota que el suave latir de capullos por brotar o la siembra por venir.

            El grito plateado y grueso de la luz hundiéndose en la tierra, mandó a Arismendi de inmediato al llano en busca de su amigo. Los restos de la luna ausente pintaban su cabeza lisa y preocupada. Allí donde una vez las piedras enterraron la tragedia de su ahijado, se abultaba ahora el cuerpo calcinado de su compadre. Lloró de pie sin consuelo con una única pregunta oprimida en la garganta. Luego se dejó consolar por el silencio, hasta que su ánimo aturdido atrapó las carcajadas ondulantes de unos niños. Arismendi alzó la vista en torno a la cumbre del sauce más alto y vio la silueta rosada de dos muchachitos jugar a soplar gotas de lluvia como burbujas. 

No hizo falta explicarle. De inmediato supo, se hizo a la idea y guardo para siempre el secreto.

            A partir de aquel día, los niños del pueblo se reúnen de cuando en cuando para recibir de la sequía el misterio de unas gotas que, traviesas, les decoran los hombros y las narices aliviando el calor, a la sombra risueña del sauce llorón.


                                                                                              Romina Vitale

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