martes, 8 de enero de 2013

Fiber-boys (relato)


 De mi voz: esto fue escrito a partir (y hasta pudo haber sido durante) la venida de los técnicos de Fibertel para colocar la conexión a internet en mi casa, hace varios años. Simpático.
                                                     Fiber-boys

-¿Llegó?
-...
-¿Llegó, Alejandro, llegó?
-No. Se cortó-oigo la voz lejana de Alejandro desde arriba.
-...Cha de la lora...-
      Alejandro bajó y asistió al gordito principiante que no sabía manipular con su pericia el material de trabajo. La que aceptó el procedimiento, que vengo a ser yo, acaba de ser testigo de dicho diálogo demencial.
      Alejandro me pidió un trapo cualquiera. Lo fui a buscar interrumpiendo mi trinchera de palabras silenciosas. Lo humedecí y se lo acerqué a las manos. Sospecho que lo que estos muchachos están haciendo es peligroso. Estoy sola con ámbos, cerca de ámbos y observando a tientas lo que a mis ojos es un desastre de movimientos torpes. Su deambular despide ruidos que presagian cosas a punto de romperse dentro. Temo por ella y temo por mí, que no sabría que hacer sin su cobijo.
      Una bocina asustada me previene. Porque las puertas y la ventanita de la terraza se abren sin cesar y los gatos podrían escaparse. No puedo controlar toda la escena. Son demasiadas personas y demasiado ruido. No cuidan lo mío. Pero no me alcanza la voluntad y la inteligencia para detenerlos. Con la excusa de ayudarlos voy detrás de ellos para intentar tapar los agujeros de desprotección que inauguran con tanto desparpajo.
-Voy a intentar pasarlo desde arriba- dice la voz  de Alejandro sobre nuestras cabezas.
Ahora me entero que el gordito se llama Sebastián y que algo se les quedó trabado.
Atorado en las arterias, confundiéndolo todo, pretendiendo cortarle la circulación.
Tanto le debo a esta bella que me cobija. Tanto que me averguenza la culpa por estar permitiendo que la pinchen y la embistan con sondas y le cambien los vasos por donde circula alguna porción de su biología. Y todo por un capricho ostentoso de mi deseo por correr a la par del vicio de la tecnología. Ya todo va a estar bien, quisiera yo decirle y acariciarle la membrana de la cabeza. Pero no puedo desconocer la angustia de saber que algo está saliendo mal. A pesar de estar yo dentro suyo, no me es posible protegerla.
-Se quedó trabado- vuelve a decir Sebastián, por quien ahora comienzo a sentir profunda ira. Siento pesadumbre por el filo hiriente de mi frivolidad. ¿Cómo es posible que la aparentemente inofensiva decisión de una pequeña incisión estética esté dando por convertirse en una amenaza vital? En un punto ella es como un chico. Decido y ejecuto por ella lo que creo bueno y justo. Soy la dadora de acción a los acuerdos que nos surgen en la convivencia. Por eso puedo equivocarme. La responsabilidad recae toda sobre mis hombros.
      Le quiero pedir perdón. Mi intención no era mala. Lo hice por el bien de ambas, lo consulté, evalué los costos y festejé la promesa de los beneficios.
Le pido mil disculpas y cruzo los dedos desde aquí cerca para que los profesionales sepan lo que hacen. Ahora se metieron con uno de sus ojos. No veo por qué, pero así lo hicieron.
Me pidieron ayuda para apagarle un ojo y luego lo destartalaron y jalaron una vena hacia fuera. Le meten la mano sin anestesia, como si no se tratara de un ente sintiente. Quiero que dejen todo como lo encontraron cuando tuve la ingrata idea de abrirles la puerta y aprobar la operación. Mi remordimiento es aún más antiguo. Data de la fecha en que recibí el llamado telefónico de la empresa que ofrece este tipo de cosas. Me soltaron toda clase de guirnaldas y fuegos de artificio, con la advertencia seductora que indicaba que ella no podía quedar fuera de este privilegio. Al parecer, todas las de su estirpe y talla lo tienen, se lo han hecho hacer últimamente. Y ninguna como ellas podía preciarse de tal si no se hacía intervenir de este modo. Si bien ya los conocía, se confirmaron pioneros y propietarios de la mejor calidad en servicio y atención.
      La tarde suelta sus amarras para devorarse al sol y los dos hombres de nuestro infortunio continúan manoseandola y entreverándose con el contenido de su cuerpito abierto. No se cómo disculparme. El bip intermitente de un aparato interrumpe la monotonía propia que adquieren todos los procedimientos cuando se intenta revertir lo insolucionable,.
-Supongo que diez, quince minutos...recién ahora pudimos pasar el cable.-la voz de Alejandro como auspicio y caricia para mi corazón apretujado. Presumo que tomaron el rumbo de una operación paliativa. Se, porque desde aquí puedo verlo, que utilizaron la vena que extrajeron desde el ojo y la enviaron hacia otro agujero para poder intervenir el hoyo que hay en la membrana de su cabecita. Pero eso sólo puede -en el mejor de los casos- volver a foja cero las cosas. Dicen que algo dentro se rompió pero finalmente lo arreglaron con esfuerzo. Acabo de recuperar el aliento; está sana mi bonita, pero sólo yo se los nervios que me atravesaron la garganta durante estas horas. De todos modos, no dudaré en pedir estudios para corroborar que su sistema está en condiciones.
      De repente tengo miedo de este relato. Comienzo a pensar en ella en nuevos términos. Se me ocurre adjudicarle un corazón de verdades y emociones, una habilidad para el cobijo y la predilección por acunarme y endulzar los sueños de mi cama cada noche. Se me impone la certeza de estarnos aliadas. Igual que lo hice en la adolescencia con el Renault 4 de mi padre y en la infancia con el perro Tulo que, forrado en peluche, protagonizaba una canción infantil. Quiero dar un paso al costado del texto y desembarazarme del afecto con que lo imprimo. Me parece bien hacerlo, porque no puedo creer que sea cierto el amor con que me refiero a ella. Me impresiona la legitimidad de las gracias que le doy y la felicidad desmedida con que la abrazo desde adentro cada día, cuando vuelvo para verla y cada noche, cuando acomodo el aire en el espacio suave de su respirar arquitectónico.
Es tan igual que yo, que desde que vivo con ella, algo de mi identidad se hizo de oro. Con ella soy más yo que nunca antes.
-Ya está. ¿Te pido una firmita?- Alejandro a punto de irse.
-Sí, sí. ¿Estás seguro que la cañería no se rompió?
-No, no...quedó todo igual.
      Me dejaron más tranquila y un puñado de restos de cable negro y blanco en el suelo. Los gorritos de Fibertel todavía cuchicheaban del otro lado de la puerta pero ya no había peligro. Encendí la computadora que a partir de ahora ella alimenta a gran velocidad y apenas nos quedamos solas, mi casa y yo, volvimos a aliarnos como hermanas bajo la grata certificación de una enorme sonrisa compartida.

2 comentarios:

  1. Yo puedo comentar...
    aunque no tenga nada que decir, je

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  2. me encantò... sin haber leìdo el tìtulo, pensè que se trataba de otra cosa... muy bueno.

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